El nuevo mundo árabe: Introducción

Por Favila Roces

Todo empezó con un tendero tunecino desesperado y harto de la corrupción. Mohamed Bouazizi vio como su puesto de venta ambulante de frutas y verduras fue confiscado por una agente de policía a causa de un permiso municipal del que no disponía. Después, aparentemente, la oficial demandó alguna clase de soborno y, al no recibirlo, humilló al joven e insultó a su familia. Bouazizi trató de interponer una queja en la Oficina del Gobernador de la pequeña población de Sidi Bouzid. Dada la pasividad de las autoridades, Bouazizi compró un bidón de gasolina y se inmoló delante del edificio público en el que había sido ignorado.

 

La indignación popular se expandió con rapidez. El gesto de Bouazizi galvanizó el enfado de los tunecinos con una sociedad azotada por el paro, el desempleo y la corrupción; en la que las libertades políticas y de expresión estaban cercenadas. Hubo protestas que, pese a la represión policial, se esparcieron e intensificaron. Al funeral de Mohamed Bouazizi asistieron 5.000 personas. Aunque habían pasado 21 días desde que el joven se prendió fuego, el ánimo general seguía siendo de venganza .

 

El resto de la historia es bien conocido. Las protestas consiguieron desalojar al Presidente tunecino Zine El Abidine Ben Alí. Y se extendieron. Primero por Egipto, donde el régimen de Hosni Mubarak correría idéntica suerte. Y luego, por el resto del mundo árabe, dando lugar a un proceso de cambio político en toda la región que, a pesar de la cercanía cronológica desde la que lo observamos, puede ser calificado como histórico. La ola de revoluciones sólo ha producido cambios de régimen en esos dos países pero ha afectado a la totalidad del mundo árabe. Todos los países de la Liga Árabe -excepto Somalia, Afganistán y las Islas Comores- han visto como mínimo a sus poblaciones protestando contra los bajos estándares de vida. El grado de oposición soportado por estos regímenes -generalmente autoritarios- ha sido muy variable. Pero el hecho es que hay una guerra civil abierta en Libia; que los gobiernos sirio y yemení se están aferrando al poder a costa de reprimir brutalmente a sus pueblos; y que las administraciones de Jordania, Kuwait y Omán han realizado cambios gubernamentales para apuntalar su supervivencia.

 

De hecho, las protestas no son un fenómeno únicamente árabe. Ciudadanos de Irán, Armenia, México, China, Corea del Norte, el África subsahariana e incluso, con matices, España han salido a protestar contra los déficits democráticos y económicos de sus sociedades. De manera insistente y relativamente coordinada, los árabes han demandado en las calles sociedades más democráticas y justas. Lo han hecho a pesar tópicos muy generalizados en Occidente, que consideraban que los países de esta región eran refugio para islamistas; que encontraban en sus empobrecidas poblaciones un perfecto caldo de cultivo para esos radicalismos.

 

La mezcla de teorías neoconservadoras y realistas manejadas por la administración Bush queda muy tocada. Ni Estados Unidos/Occidente son la reserva espiritual de la democracia y los valores liberales, ni su única fuente de poder -al exportarlos- emana de su portentosa capacidad militar o su vigorosa economía. Es necesario revisar dos teorías políticas que disfrutan de nuevos bríos en la situación actual. Son la idea del orientalismo, enunciada por Edward Said, y el concepto del soft power de Joseph Nye. El carácter burgués de revueltas y revoluciones es otro importante campo de análisis. No son las capas populares las que han tomado las plazas del mundo árabe y se han enfrentado a las fuerzas de seguridad. Si nos aventurásemos a establecer un perfil medio a priori del revolucionario árabe, éste sería seguramente el de un joven (hombre o mujer, indistintamente) de clase media, principalmente estudiante, familiarizado con las nuevas tecnologías y sin antecedentes de activismo político. El sociólogo francés Emmanuel Todd, quien hace pocos años ya predijo la inevitabilidad de un proceso de profundo cambio político en el mundo árabe , afirma que el aumento del alfabetismo, el decrecimiento de la natalidad y la sensible caída de las tradicionales prácticas endogámicas son los tres factores que hacían insostenibles los regímenes árabes tal y como los conocíamos.

 

El papel jugado por las televisiones árabes por satélite y las redes sociales en el proceso de cambio político ha sido esencial. Al Jazeera y Al-Arabiya transportaron a millones de hogares árabes las imágenes de las protestas. La anomalía de estos canales reside en la credibilidad que han logrado tanto en el mundo musulmán como en los países occidentales –ambas operan exitosos servicios informativos en inglés – y han conseguido erigirse como referencia para los asuntos árabes –en especial la cadena catarí- tras el 11 de septiembre. De cualquier manera, la gran revolución es Internet. El tremendo desarrollo reciente de las tecnologías de la información ha permitido a los manifestantes organizarse mejor, esquivar la censura y dar visibilidad planetaria a sus demandas. Se ha analizado hasta la saciedad la repercusión que han tenido las aplicaciones 2.0; en especial las redes sociales Facebook y Twitter. Sin embargo, es necesario explorar cuál ha sido la relevancia real de estas webs. Algunos autores consideran que en el uso de las redes sociales radica el éxito de las revueltas mientras que otros, más escépticos, reconocen su utilidad pero advierten de que sólo son medios y que, por si mismos, no valen gran cosa.

 

En un nivel más global, no podemos perder de vista la evolución del resto de países de la región y los posibles escenarios de futuro abiertos por los levantamientos civiles. Cuestiones como el conflicto palestino-israelí, el rol de Irán y la aparición de procesos revolucionarios en otras coordenadas geográficas son ya inseparables de la conocida como Primavera Árabe.

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2 comentarios en “El nuevo mundo árabe: Introducción

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