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EL NUEVO MUNDO ÁRABE: EL PAPEL DE LAS REDES SOCIALES Y DE LAS TELEVISIONES POR SATÉLITE ÁRABES EN LA OLA DE CAMBIOS POLÍTICOS EN LA REGIÓN

Favila Roces Parrilla

Trabajo Fin de Carrera Licenciatura conjunta en Periodismo y Comunicación Audiovisual Junio 2011

Índice A. Introducción  B. Antecedentes  C. Objetivos / Hipótesis  D. Metodología E. Marco teórico  1. Los regímenes árabes desde el final de la Guerra Fría 2. Perfiles de la población revolucionaria 3. Orientalismo y soft power. Ideas de acá y allá para entender la revolución 4. La revolución y sus vehículos: televisiones por satélite y redes sociales 5. Situación actual y tendencias dominantes 6. Perspectivas de futuro F. Hallazgos y conclusiones  G. AnexosH. Bibliografía

 

A. Introducción

Todo empezó con un tendero tunecino desesperado y harto de la corrupción. Mohamed Bouazizi vio como su puesto de venta ambulante de frutas y verduras fue confiscado por una agente de policía a causa de un permiso municipal del que no disponía. Después, aparentemente, la oficial demandó alguna clase de soborno y, al no recibirlo, humilló al joven e insultó a su familia. Bouazizi trató de interponer una queja en la Oficina del Gobernador de la pequeña población de Sidi Bouzid. Dada la pasividad de las autoridades, Bouazizi compró un bidón de gasolina y se inmoló delante del edificio público en el que había sido ignorado. La indignación popular se expandió con rapidez. El gesto de Bouazizi galvanizó el enfado de los tunecinos con una sociedad azotada por el paro, el desempleo y la corrupción; en la que las libertades políticas y de expresión estaban cercenadas. Hubo protestas que, pese a la represión policial, se esparcieron e intensificaron. Al funeral de Mohamed Bouazizi asistieron 5.000 personas. Aunque habían pasado 21 días desde que el joven se prendió fuego, el ánimo general seguía siendo de venganza . El resto de la historia es bien conocido. Las protestas consiguieron desalojar al Presidente tunecino Zine El Abidine Ben Alí. Y se extendieron. Primero por Egipto, donde el régimen de Hosni Mubarak correría idéntica suerte. Y luego, por el resto del mundo árabe, dando lugar a un proceso de cambio político en toda la región que, a pesar de la cercanía cronológica desde la que lo observamos, puede ser calificado como histórico. La ola de revoluciones sólo ha producido cambios de régimen en esos dos países pero ha afectado a la totalidad del mundo árabe. Todos los países de la Liga Árabe -excepto Somalia, Afganistán y las Islas Comores- han visto como mínimo a sus poblaciones protestando contra los bajos estándares de vida. El grado de oposición soportado por estos regímenes -generalmente autoritarios- ha sido muy variable. Pero el hecho es que hay una guerra civil abierta en Libia; que los gobiernos sirio y yemení se están aferrando al poder a costa de reprimir brutalmente a sus pueblos; y que las administraciones de Jordania, Kuwait y Omán han realizado cambios gubernamentales para apuntalar su supervivencia. De hecho, las protestas no son un fenómeno únicamente árabe. Ciudadanos de Irán, Armenia, México, China, Corea del Norte, el África subsahariana e incluso, con matices, España han salido a protestar contra los déficits democráticos y económicos de sus sociedades. De manera insistente y relativamente coordinada, los árabes han demandado en las calles sociedades más democráticas y justas. Lo han hecho a pesar tópicos muy generalizados en Occidente, que consideraban que los países de esta región eran refugio para islamistas; que encontraban en sus empobrecidas poblaciones un perfecto caldo de cultivo para esos radicalismos. La mezcla de teorías neoconservadoras y realistas manejadas por la administración Bush queda muy tocada. Ni Estados Unidos/Occidente son la reserva espiritual de la democracia y los valores liberales, ni su única fuente de poder -al exportarlos- emana de su portentosa capacidad militar o su vigorosa economía. Por ello, creo necesario revisar dos teorías políticas que disfrutan de nuevos bríos en la situación actual. Son la idea del orientalismo, enunciada por Edward Said, y el concepto del soft power de Joseph Nye. El carácter burgués de revueltas y revoluciones será otro campo de análisis de importancia. No son las capas populares las que se han tomado las plazas del mundo árabe y se han enfrentado a las fuerzas de seguridad. Si nos aventurásemos a establecer un perfil medio a priori del revolucionario árabe, éste sería seguramente el de un joven (hombre o mujer, indistintamente) de clase media, principalmente estudiante, familiarizado con las nuevas tecnologías y sin antecedentes de activismo político. El sociólogo francés Emmanuel Todd, quien hace pocos años ya predijo la inevitabilidad de un proceso de profundo cambio político en el mundo árabe , afirma que el aumento del alfabetismo, el decrecimiento de la natalidad y la sensible caída de las tradicionales prácticas endogámicas son los tres factores que hacían insostenibles los regímenes árabes tal y como los conocíamos. El papel jugado por las televisiones árabes por satélite y las redes sociales en el proceso de cambio político será el principal punto pivotante del texto. Al Jazeera y Al-Arabiya transportaron a millones de hogares árabes las imágenes de las protestas. La anomalía de estos canales reside en la credibilidad que han logrado tanto en el mundo musulmán como en los países occidentales –ambas operan exitosos servicios informativos en inglés – y han conseguido erigirse como referencia para los asuntos árabes –en especial la cadena catarí- tras el 11 de setiembre. De cualquier manera, la gran novedad de las revoluciones a nivel comunicativo es Internet. El tremendo desarrollo reciente de las tecnología de la información ha permitido a los manifestantes organizarse mejor, esquivar la censura y dar visibilidad planetaria a sus demandas. Se ha analizado hasta la saciedad la repercusión que han tenido las aplicaciones 2.0; en especial las redes sociales Facebook y Twitter. Sin embargo, es necesario explorar cuál ha sido la relevancia real de estas webs. Algunos autores consideran que en el uso de las redes sociales radica el éxito de las revueltas mientras que otros, más escépticos, reconocen su utilidad pero advierten de que sólo son medios y que, por si mismos, no valen gran cosa. Este trabajo intentará una aproximación a este asunto tomando algunas de las muchas precisiones y matizaciones que caben a este respecto. Por último, se pretende abordar las perspectivas actuales de los países de la región y los posibles escenarios de futuro abiertos por las revoluciones árabes. Cuestiones como el conflicto palestino-israelí, el rol de Irán y la aparición de procesos revolucionarios en otras coordenadas geográficas son ya inseparables de la conocida como Primavera Árabe. B. Antecedentes La relación entre los cambios políticos y las redes sociales es una materia evidentemente poco explorada en tanto en cuanto es nueva. No fue hasta finales de 2004, cuando Tim O’Reilly enunció al concepto de la Web 2.0. Esta idea se refiere a los contenidos que los usuarios generan y comparten en Internet, creando comunidades colaborativas que hacen que esos contenidos evolucionen. En 2006 la revista Time te otorgó su popular galardón a la Persona del Año , en referencia a todos aquellos que colaboran en esta clase de proyectos online: blogs, redes sociales, páginas de alojamiento de vídeos, proyectos wiki, etcétera. Hay pocas certezas en lo que al estudio de la web 2.0 se refiere. Y menos aún en lo que corresponde a su impacto político. La mayoría de los análisis actuales provienen de gurús del social media, de aquellos que en Twitter ejercen como prescriptores: personas con mucha influencia en un campo determinado (Internet) gracias a la credibilidad que su propio público (seguidores y usuarios) les otorgan. La experiencia nos permite constatar que las redes sociales son capaces de difundir noticias, crear estados de opinión y movilizar masas con gran facilidad y volatilidad. Las estrategias de marketing político que las emplearon en un primer momento como elemento diferencial consiguieron logros importantes. Durante las primarias demócratas de 2004, Howard Dean recaudó unos 15 millones de dólares, principalmente en pequeñas donaciones particulares , gracias a MeetUp; una plataforma online que organiza comunidades de interés que posteriormente se reúnen físicamente. Cuatro años después, Barack Obama venció a Hillary Clinton por su inteligente uso de Internet y los blogs. Al menos eso afirma una voz tan autorizada como la de Michael Eisner, Jefe Ejecutivo de Disney durante 21 años y una de las figuras más representativas del mundo corporativo norteamericano. Más tarde, Obama y su equipo redoblaron esfuerzos en esta dirección, gastando medio millón de dólares en anuncios de Facebook. Es complicado extrapolar la popularidad en Internet a la vida real pero el caso es que los seguidores de Obama en Facebook casi cuadruplicaron a los de McCain y su influencia en Twitter triplicó a la del senador por Arizona . Siete puntos porcentuales (nueve millones y medio de votos) les separaron en las urnas . La consagración de los medios sociales como herramienta política llegó en 2009, cuando miles de moldavos se organizaron por Twitter para protestar en el centro de Chisinau contra el fraude electoral aparentemente orquestado por el gobierno comunista. Estos acontecimientos recibieron la denominación de “Revolución Twitter” , un sobrenombre que más tarde se aplicaría a las protestas postelectorales en Irán del mismo año. Los manifestantes se comunicaron por Twitter, una herramienta muy sencilla de microblogging que consume pocos recursos y puede ser usada fácilmente desde cualquier teléfono móvil . Así, varios hackers seguidores del candidato reformista Musaví contactaron vía Twitter para organizar ataques informáticos contra las páginas web oficiales. El gobierno de Ahmadineyad limitó el ancho de banda y, posteriormente, consiguió bloquear el acceso a la red aunque sólo durante 20 horas . Días después, el vídeo del asesinato de la joven Neda Agha-Soltan, a manos de la milicia paramilitar de los Basij, se extendió viralmente en Internet logrando una repercusión enorme. A las pocas horas el tema era uno de los más comentados globalmente (trending topic global) en Twitter. De ahí saltó a los telediarios de todo el mundo. Rápidamente, Neda se convirtió en un símbolo para los iraníes que luchaban contra Ahmadineyad. Ya en 2010 la revista Time otorgó su popular galardón a la Persona del Año a Mark Zuckerberg, fundador de Facebook. Las revoluciones árabes fueron el siguiente suceso de naturaleza política en el que las redes sociales tuvieron un papel destacado. Las televisiones árabes por satélite han sido los otros principales medios de comunicación de los cambios políticos del norte de África y Oriente Próximo. La importancia de la televisión en los conflictos políticos no es algo nuevo. Basta con recordar los reportajes de Walter Cronkite en la Guerra de Vietnam o la cobertura de la CNN durante la Primera Guerra del Golfo. A diferencia de lo que ocurre con las redes sociales –un fenómeno reciente-, no pretende este trabajo indagar en la naturaleza de la comunicación de la televisión. Más bien, se aspira a estudiar la importancia específica que las emisoras por satélite árabes han tenido en este caso concreto. Los dos principales canales, Al Jazeera y Al-Arabiya, son creaciones recientes (1996 y 2003, respectivamente). Ambas encuentran su financiación en los acaudalados países del Golfo Pérsico. El Emirato de Catar puso en marcha Al Jazeera mientras que un holding saudí-libanés –con inversores adicionales de la propia Arabia Saudita, Kuwait y los Emiratos- financió Al-Arabiya. Su éxito se fraguó en el contexto posterior a los atentados del 11 de septiembre. Los conflictos bélicos en los que la administración Bush se embarcó en Oriente Próximo, pusieron a la región en el punto de mira. Y, pese a sus diferencias ideológicas, tanto Al Jazeera como Al-Arabiya aprovecharon la coyuntura. Su éxito responde a varios factores . Los más significativos son la emisión de vídeos de Osama bin Laden y otras organizaciones islámicas; el prestigio y credibilidad de las cadenas; y su enfoque, que ofrece a árabes y musulmanes, informaciones elaboradas por árabes y musulmanes; ajenas, en principio, a etnocentrismos occidentales. C. Objetivos / Hipótesis Más que establecer una hipótesis a priori, que luego corroborar o refutar, este trabajo tiene el objetivo de analizar una cantidad suficiente de datos y elementos de juicio con los ir arrojando luz a una problemática tan reciente y compleja. La denominación objetivos es, por lo tanto, más precisa. Se trata de buscar diferentes visiones entre el ingente material producido por los medios de comunicación en vista de los acontecimientos del mundo árabe. En este sentido, es más una aproximación personal a los acontecimientos presentes través de fuentes e informaciones que considero creíbles y relevantes de acuerdo, no al confuso principio periodístico de objetividad, sino al de ecuanimidad. La naturaleza de las revoluciones árabes y la importancia que las redes sociales y las televisiones por satélite árabes han tenido en las mismas son el objeto central de estudio. En un nivel secundario, sí se pretende demostrar una hipótesis. La de que dos teorías de las relaciones internacionales con un corte más cultural –las del soft power y el orientalismo- cobran una nueva vigencia frente a otras de corte monetarista-militarista y etnocéntrico. Joseph Nye acuñó el concepto del “poder blando”. Se refiere a “lograr que otros ambicionen lo que uno ambiciona […] es más que la persuasión o la capacidad de transformar a los demás mediante argumentos. Es la capacidad de atraer y actuar. Y la atracción a menudo lleva a la conformidad o la imitación” . Según su teórico, Edward Said, el orientalismo es una perversión occidental en el estudio de las sociedades de Oriente Medio. En concreto: “El orientalismo se puede describir y analizar como una institución colectiva que se relaciona con Oriente, relación que consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él, describirlo, enseñarlo, colonizarlo y decidir sobre él; en resumen, el orientalismo es un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente” . Este es un proyecto abierto dado que habla sobre un acontecimiento histórico en curso, que evoluciona a gran velocidad y frecuentemente de la manera menos esperada. Un proyecto, por lo tanto, condenado de antemano a la obsolescencia. Serán paradójicamente los principales algunos de análisis –las redes sociales y otros componentes de la Web 2.0- los que permitirán actualizar y evolucionar un trabajo que pretende seguir vivo más allá de su impresión. D. Metodología Tanto los acontecimientos de la Primavera Árabe como la capacidad de las redes sociales para modelar movimientos políticos son fenómenos muy recientes y poco estudiados en profundidad. Esto afecta sensiblemente las fuentes en las que este proyecto bebe. Por regla general, los libros referenciados lo serán por su capacidad para ilustrar el marco histórico, político, geográfico y mediático. Así pues, la mayoría de los textos serán periodísticos pero se buscará un equilibrio en ellos. Los politólogos, académicos y otras personas que hayan trabajado dentro de aparatos estatales complementarán a los periodistas especializados de la misma forma que se mezclarán noticias aparecidas en publicaciones variopintas de múltiples procedencias geográficas. Sí optaré, en cambio, por priorizar las piezas de análisis y opinión sobre las meramente informativas. Pienso que este proyecto no se puede ocupar de detallar los avances y retrocesos de las tropas de Gadafi en Misrata ni del goteo de muertos causado por la represión del régimen yemení. Los procesos revolucionarios recorren este texto de manera vertical y discontinua. Para llegar al fondo de la cuestión creo más conveniente realizar un estudio de caso significativo (Siria) que cubrir el desarrollo de cada revuelta o revolución con sus matices. La cultura popular también estará presente al ser un componente fundamental del medio en el que el Internet colaborativo ha alcanzado enormes cotas de influencia. Aunque pueden resultar comentarios con una fuerte carga valorativa, es muy difícil desligar un proceso político llevado principalmente a cabo por la juventud del cine, la música o la literatura. Finalmente, he creado un blog –El nuevo mundo árabe- que completa este proyecto de fin de carrera. Su función es facilitar el acceso a muchas de las fuentes empleadas –pues están disponibles online- y ayudar a crear un mosaico con galerías de imágenes, vídeos y otras propuestas gráficas. E. Marco teórico 1. Los regímenes árabes desde el final de la Guerra Fría El colapso de la Unión Soviética alteró plenamente el escenario internacional en el que los países árabes conocían y dominaban. Como explica Eugene Rogan en su magna obra Los árabes , las naciones árabes disfrutaron de un amplio margen de maniobra durante el período 1945-1990. Lo probaron todo. Desde sueño panarabista de inclinaciones socialistas, articulado a través del baazismo y el naserismo, a las ideologías islamistas; muy presentes de los años 80. Incluso se intentó cambiar la dinámica de la Guerra Fría a través del Movimiento de los Países No Alineados. Finalmente no pudieron sustraerse de la dialéctica amigo/enemigo y cada país tuvo que decidir si pasaba a formar parte del bando “moderado” o del “radical” (o, en nomenclatura marxista, “reaccionario/progresista”), la mayoría de las naciones del norte de África y el Golfo Pérsico mantuvieron ciertas cotas de independencia gracias, sobre todo, al petróleo. Por otra parte, la gran volatilidad de la región provocó que las superpotencias dispusieran mecanismos de control y disuasión que evitasen el estallido de un conflicto bélico a escala global. A pesar de que la Guerra Fría restringía la capacidad de las naciones árabes para construir una opción política propia, el desmantelamiento de la Unión Soviética les iba a situar en una tesitura para ellos desconocida. El cambio de reglas implícito en el nuevo orden mundial , dominado por los Estados Unidos, inquietaba en especial a los países de la órbita comunista. La situación de los gobiernos de Siria, Irak, Argelia, Libia y de la Organización para la Liberación de Palestina se tornó muy precaria de la noche a la mañana. Irak sería el primer país en entender en sus propias carnes el funcionamiento del nuevo sistema unipolar. Las invasiones por intereses petrolíferos, sin que mediase provocación alguna, no eran algo desconocido entre los estados árabes. Ya en 1977, el presidente egipcio Anwar el-Sadat declaró la guerra a Gadafi para ocupar los yacimientos de crudo del desierto Líbico. Pero en 1990, cuando Sadam Husein invadió el muy próspero estado de Kuwait las cosas habían cambiado. Los Estados Unidos no vacilaron en liderar una coalición de 31 países bajo mandato de la ONU que liberó Kuwait tras siete meses de campaña. Posteriormente, las Naciones Unidas impusieron un embargo económico a Irak y el pago de cuantiosas reparaciones de guerra. Las relaciones entre los países árabes se emponzoñaron . Los gobiernos que se sumaron a la coalición “condenaron al ostracismo a los que habían optado por no unirse a ella” . Jordania, Yemen y la OLP vieron secarse el flujo de dinero proveniente del Golfo y debieron afrontar graves estrecheces económicas. Como había avanzado el periodista egipcio Mohamed Haikal al inicio de la contienda “la última y frágil posibilidad de una solución árabe se había ido al traste ”. Otros acontecimientos más silenciosos también marcarían el devenir de la política regional y en concreto abonarían el terreno para las recientes revoluciones árabes. Hussein I de Jordania, Hasán II de Marruecos y el presidente sirio Hafez al-Asad morirían con el siglo XX. Cada uno de los líderes había regido los destinos de su país entre 30 y 40 años. Su sucesión “elevaría al poder a una nueva generación, despertando esperanzas de reforma y cambio” . Sus hijos Abdalá, Mohamed y Bachar conseguirían asentarse en el poder sin gran oposición; paradójicamente, el que más fácil lo tuvo fue el único no perteneciente a una casa real. El ejemplo cundió y tanto Sadam Husein como Hosni Mubarak comenzaron a preparar a sus vástagos Qusay y Gamal para sucederles en el poder. Incluso Muamar el Gadafi, de naturaleza más exuberante, formó a varios de sus hijos para hacerse con el poder fomentando así disputas intestinas. Los atentados del 11 de septiembre condujeron a esas demandas de apertura y reforma de las poblaciones árabes a un estado de latencia. El centro de la actualidad internacional quedó fijado en el mundo árabe. Los Estados Unidos declararon la grandilocuente “Guerra contra el Terror” y procedieron a establecer un enorme sistema de alianzas que les permitiese intervenir militarmente en la zona con comodidad. Algunos países como Baréin (sede de la V Flota norteamericana), Turquía y Pakistán ofrecieron –o aceptaron dar- su apoyo a la administración Bush y se convirtieron en destacados socios estratégicos e importantes aliados comerciales. Incluso un enemigo irreconciliable como Gadafi hizo las paces con Washington a cambio de sumarse a la ofensiva global contra el terrorismo . Dentro de esa misma lógica, los Estados Unidos establecieron un Eje del Mal que incluía a Irán y a Irak (y a Corea del Norte); acusaron a Siria de apoyar el terrorismo internacional; y comenzaron a lanzar reproches a aliados de larga duración como Egipto y Arabia Saudí por no hacer lo suficiente en la lucha contra los grupos terroristas. La “Guerra contra el Terror” tenía como objetivo derrotar a Al Qaeda en una primera fase para luego “hallar, detener y derrotar a todos los grupos terroristas internacionales” . Sin embargo, las acciones norteamericanas despertaron una tremenda animosidad entre la población árabe. Cundió la sensación de que los EE.UU. eran insensibles a las penurias causadas a la población civil (una década de embargos sobre Irak; la ocupación israelí de Palestina apoyada por Washington) y se instaló en el imaginario colectivo una sensación de humillación. Como explica Rogan, tras el 11 de septiembre “eran muchos los que se alegraban de ver sufrir a los Estados Unidos”. Bin Laden se transmutó en un icono para un significativo número de musulmanes. Su audaz ataque contra las Torres Gemelas le elevó a la categoría de líder de “la resistencia islámica a la dominación estadounidense”. Con el paso del tiempo, los ánimos se aplacaron. Washington intentó dar un nuevo impulso a un tratado de paz entre palestinos e israelíes que mejorase su maltrecha imagen en la región. Por otra parte, la tremenda insistencia de Al Qaeda –y otros grupos inspirados por la organización de Bin Laden- en atentar indiscriminadamente contra civiles musulmanes acabó por granjearles el rechazo de muchos árabes. Cuando la ola de protestas comenzó en Túnez, la presencia militar de los Estados Unidos en la zona duraba ya cerca de diez años y las reformas aperturistas de las autocracias árabes seguían aparcadas en lo sustantivo. La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, las revoluciones en el mundo árabe y la muerte de Bin Laden pueden ser, como veremos más adelante, tres elementos que abran el camino para un profundo cambio de dinámicas políticas en el Mundo Árabe. 2. Perfiles de la población revolucionaria Quizás la mayor sorpresa de las revueltas árabes sean las demandas de los manifestantes. Durante mucho tiempo se ha considerado que la democracia, la modernización, la justicia o la lucha contra la corrupción no eran ideales prioritarios para los mahometanos. Durante mucho tiempo se ha azuzado el miedo a que cualquier revolución islámica fuese realmente una involución salafista . Durante demasiado tiempo se ha mirado a los musulmanes y sus decisiones con una mezcla de desconfianza, paternalismo y miedo. Como recuerda Rogan, “es fácil olvidar que en el año 1981 el Oriente Próximo era notablemente laico” . Salvo en el Golfo Pérsico, los hombres y las mujeres se mezclaban en público y en los ambientes laborales, se consumía alcohol, había querencia por la moda y la cultura occidental y se iba avanzando en el campo de las libertades individuales. El papel preponderante de los jóvenes hoy en las protestas no debe tan resultar sorprendente ya que dos tercios de la población de todo el mundo árabe tienen menos de 30 años. Su extracción social sí es más llamativa. Aunque existen diferencias entre cada país, se puede afirmar que estamos asistiendo a movilizaciones de carácter burgués. Es cierto que el enfado ha funcionado de manera muy trasversal en estas sociedades. En relación con el papel de las mujeres egipcias en la Plaza Tahrir, la activista Rabab el-Mahdi afirmaba que había gente proveniente del mundo rural y del urbano, letradas y analfabetas, religiosas y laicas; estudiantes, proletarias y feministas. No obstante, es evidente que la juventud educada ha predominado. El mismo Mohamed Bouazizi era un universitario en paro. Según Nur Yalman (Harvard) su autoinmolación “desató los sentimientos de desaliento e indignación en los millones de jóvenes árabes que se encontraban en su situación”. Actualmente un 25% de ellos están desempleados y en la próxima serán 100 los millones de jóvenes árabes que saldrán a un mercado laboral lastrado por la corrupción endémica de los sistemas . Para Salman Shaik, del think tank Brookings , la clave es que los niveles de alfabetismo, educación secundaria y acceso a la universidad se han disparado durante los últimos 40 años en todo el mundo árabe. Esto, unido, al éxodo rural hacia las ciudades –cuya población en este período aumentó un 50%- y a la introducción de móviles e Internet desde hace una década; ha derivado en una generación de jóvenes perfectamente adaptados a la era digital que han ejercido de vanguardia de las demandas democráticas. Emmanuel Todd añade otro ingrediente a ese cóctel : la dramática caída de la natalidad en los últimos tiempos y concluye que las sociedades árabes están “en el camino hacia la modernización cultural y mental, en el curso de la cual el individuo se vuelve mucho más importante como entidad autónoma” Por su parte, Rashid Khalidi, catedrático de Estudios Árabes en Columbia, señala que “contemplar a los jóvenes tunecinos y egipcios hablar para las cadenas por satélite árabes ha sido una revelación. Sabían expresar sus ideas, eran inteligentes y estaban decididos” Añade Khalidi que así han demostrado tanto no ser distintos a los jóvenes occidentales, como su capacidad para asimilar los procesos y métodos políticos de otras regiones. También se llama la atención en su artículo Las revoluciones tunecina y egipcia acerca de la diferencia de 40, 50 ó 60 años de gran parte de la población con respecto a sus ancianos gobernantes. Pese al rechazo generalizado que los antiguos regímenes despertaban, dice Khalidi que las potencias occidentales están muy lejos de tener carta blanca en la región. En su opinión, los jóvenes árabes tendrían una profunda consciencia del palpable décalage entre los ideales promovidos desde Occidente y la realpolitik que practican internacionalmente. Para George Joffé , de la Universidad de Cambridge, el aumento del precio de los alimentos y del coste de vida fueron los detonantes inmediatos de las protestas. Pero, en el fondo, la fuerza motriz que ha guiado el cambio político es el rechazo a la corrupción y a la hoghra o profunda arrogancia desde la que actuaban varios gobiernos árabes; significativamente los de Túnez, Egipto, Argelia, Irán y Yemen. La filtración de los cables diplomáticos del Departamento de Estado de los EE.UU. llevada a cabo por Wikileaks no hizo sino confirmar lo que muchos tunecinos ya sabían . La corrupción era rampante. Ben Alí y su familia estaban desvalijando el país; esclerotizado por un liderazgo perenne, sin capacidad de autocrítica ni planes de futuro. Estas revelaciones servirían de catalizador para las protestas populares que estallarían menos de un mes después en Sidi Bouzid. Un reproche bastante extendido a los manifestantes , incluso una vez depuestos los dictadores, es su incapacidad para definir alternativas claras y una organización coherente. Probablemente eso esté en la naturaleza misma de unos movimientos espontáneos tan heterogéneos. Cada país ha seguido un camino y en cada uno las fuerzas opositoras varían sensiblemente. En Túnez, las secciones locales de los sindicatos, los abogados y organizaciones de Derechos Humanos promovieron las manifestaciones. Mohamed el-Baradei, ex responsable del Organismo Internacional de Energía Atómica, regresó a Egipto poco después del estallido de las protestas; siendo aclamado por muchos como el líder necesario. En Libia, por su parte, algunos de los grupos sublevados en Bengasi contra Gadafi tienen un pasado islamista radical . Los que sí están desempeñando una labor decisiva en todos los procesos de cambio político son los ejércitos árabes. En aquellos países dónde quedó claro que no iba a disparar contra los manifestantes, las autocracias cayeron. Los lugares en los que se han producido deserciones importantes, son ahora países desgarrados por un conflicto civil (Libia) o al borde del mismo (Yemen) . Y allí dónde las fuerzas armadas están bajo el control del gobierno (Siria), la represión de los alzamientos populares está siendo brutal. No en vano, el influyente teólogo –y, en opinión de algunos , mentor ideológico de Al Jazeera y figura central en los Hermanos Musulmanes- Yusuf al-Qaradawi ha condenado las “atrocidades” cometidas y afirmado que lo que decida hacer el Ejército, al igual que en Yemen, será crucial para el futuro de la nación. El hecho de que elementos islamistas pudiesen capitalizar las revoluciones, como en el Irán de 1979, ha sido uno de los principales miedos de gobiernos y medios de comunicación occidentales. Por el momento, los grupos de orientación islámica no han tratado de arrogarse las protestas. Un caso paradigmático son los Hermanos Musulmanes; la más influyente organización musulmana según Al Jazeera. Fundados en el propio Egipto en 1928, cuentan con la implantación de la Sharia como uno de sus objetivos programáticos . Los Hermanos Musulmanes negaron estar incitando unas “protestas populares” contra Mubarak en las que, dicen, sólo participan en tanto que parte del pueblo. Como mínimo, es cierto que han mantenido un perfil bajo, no defendiendo sus eslóganes más representativos –a saber: “El Islam es la solución”- en Tahrir. La Hermandad que estaba ilegalizada -pero era tolerada- bajo Mubarak ya ha iniciado los trámites para convertirse en un partido político. Entre los casi 9.000 miembros fundadores hay más de 900 mujeres y 93 cristianos coptos. Muchos ven en este Partido de la Libertad y la Justicia ecos del Partido para la Justicia y el Desarrollo turco ; una formación que ha aceptado las reglas del juego democrático y ha solicitado ingresar en la Unión Europea. También los salafistas libaneses han negado su implicación en el levantamiento sirio aunque, en principio, eso les sería políticamente rentable entre los suníes del país del cedro. Es bastante sintomático que todos los regímenes tambaleantes hayan culpado a los islamistas de estar detrás de las revueltas en lo que parece un retorno al paradigma de relaciones internacionales post-11 de septiembre en el que los EE.UU. aseguraban amistad y apoyo a todos las administraciones que decidiesen luchar activamente contra los grupos terroristas. 3. Orientalismo y soft power. Ideas de acá y allá para entender la revolución La ausencia de líderes islámicos a la cabeza de las protestas que han azotado el mundo árabe ha sido sorprendente a ojos de los occidentales. Aún lo ha sido más que estas movilizaciones hayan sido pacíficas y estuviesen protagonizadas por los jóvenes. Las posibilidades de que los elementos radicales se apoderen del cambio político, como en el Irán de 1979, no hacer sino disminuir a medida que pasa el tiempo. Hay dos teorías políticas que, en mi opinión, merece la penan revisitar pues pueden arrojar bastante luz sobre estos cambios político, sus causas y su naturaleza. Son el orientalismo, tal y como fue propugnado por Edward Said, y la idea del poder blando o soft power desarrollada por Joseph S. Nye. Orientalismo El académico palestino Edward Said enunció y denunció la idea del Orientalismo; entendido como un sistema de conocimiento impulsado por los occidentales y basado en sutiles y persistentes prejuicios contra los árabes-islámicos y su cultura . De manera más específica. Para Said, el orientalismo es una disciplina de carácter colonial y postcolonial que ha sido capaz de manipular y dirigir Oriente en las esferas política, social, militar, ideológica, científica e imaginaria desde los tiempos de la Ilustración. Aunque Said reconoce que los discursos occidentales no son lo único que se puede decir de Oriente, afirma que existe una completa red de intereses que limitan el pensamiento y la acción al aplicarse cada vez que la entidad “Oriente” se plantea. Es decir, Said se apuntó a las tesis postestructuralistas de Foucault que ligan la validez de un sistema epistemológico (construidos a través de discursos) a la verosimilitud que estos tengan dentro de una sociedad determinada (o hegemonía gramsciana). Años más tarde (1998) en un artículo para The Nation , Said profundizó en su enfoque. Desde su punto de vista, sólo sería un poco exagerado decir que, esencialmente, musulmanes y árabes, son vistos como abastecedores de petróleo o terroristas en potencia. Se habrían impuesto unas caricaturas simples y crudas del mundo islámico. En las sociedades occidentales se extendía una sensación de vulnerabilidad ante cualquier posible acción bélica proveniente de esos lejanos y extraños lugares. No es difícil ver porqué años más tarde, cuando un grupo terrorista demostró empíricamente que el corazón del “Imperio” también era vulnerable a un ataque a gran escala, esa falta de profundidad en los análisis se extendió como la pólvora. Como ya hemos visto, los Estados Unidos declararon la “Guerra al Terror” y llevaron a cabo un extraordinario esfuerzo bélico. Sus líderes parecieron aquejados de lo que Edward Said anunciaba años antes. La administración Bush invadió Irak sin la aprobación de la ONU, aseguró torticeramente que Sadam Husein disponía de armas de destrucción masiva y avivó intencionadamente la confusión acerca de las conexiones entre los grupos terroristas y el régimen laico de Bagdad a fin de ganar legitimidad de cara a sus electores. Como explica Enric González , los Estados Unidos adoptaron una “mística tenebrosa” y aprobaron, con el aplauso popular, leyes de Seguridad Nacional que convertían al extranjero en sospechoso, sepultando así los antiguos valores y derechos que conforman la esencia misma del sistema norteamericano. Lo que las revueltas árabes vienen a confirmar es la existencia del entramado discursivo orientalista conceptuado por Said. Un entramado que fija las verdades acerca del mundo árabe que el Primer Mundo consume. Con anterioridad, algunas fuentes cercanas a -o propias de- la realidad árabe, ya describían escenarios bien distintos; sociedades con muchas capas que muy difícilmente podrían ajustarse a un patrón determinado. George Joffé también cree que en Europa y Estados Unidos ha cundido la creencia de la “excepción árabe” , entendida como la incapacidad del mundo árabe para manejar las complejidades de la democracia y que ese es, después de las revoluciones, uno de los mayores retos a los que se enfrenta la naciente democracia. Una de las premisas de Eugene Rogan en Los árabes es ofrecer al mundo desarrollado una visión desde Oriente del mundo árabe para, entre otros objetivos, poder entender mejor “los agravios que el mundo islámico estima sufrir de Occidente” . Según Rogan, las vivencias y evoluciones de las sociedades del mundo árabe durante los últimos cinco siglos han sido semejantes a las del mundo occidental y el “conjunto del globo”. Han conocido el nacionalismo, el imperialismo, la industrialización, el éxodo rural, las revoluciones y la lucha de las mujeres por sus derechos. Rogan reconoce diferencias entre ambos mundos. Unas son de un orden más formal: los paisajes urbanos o el carácter de su música y su poesía; otras tienen que ver más con su configuración político-social: el entendimiento de formar una única comunidad nacional (que más tarde las tesis panarabistas tratarán de encauzar) y el lugar especial que ocupan dentro del Islam -la última revelación de Mahoma fue pronunciada en árabe-. El periodista y escritor libanés, asesinado en 2005, Samir Kassir en su ensayo Being Arab explicaba que muchas voces occidentales consideraban que el mayor peligro para el primer mundo y su estilo de vida era el terrorismo yihadista. Añadía: “Esas personas no comprenden que en el mundo árabe son también muchos los que juzgan que la mayor amenaza para su seguridad y su modo de vida emana justamente de Occidente. Lo que ambos bandos deberían interiorizar es que existe un vínculo real entre el estancamiento y la frustración árabe por un lado, y la amenaza terrorista que tanto preocupa a las democracias occidentales por otro” La Primavera Árabe ha dejado claro que los jóvenes de esos estados pueden ser políticamente activos, utilizar la web 2.0 para organizarse con la misma pericia que cualquier occidental, querer la democracia, denostar la corrupción y desafiar al poder sin sponsors islámicos ni nacionalistas. Y de la misma manera que esta ola de revoluciones liberales puede airear las anquilosadas autocracias y acarrear mejoras democráticas y sociales; es posible especular con una reducción de los acercamientos occidentales simplistas y maniqueos a todos aquellos entes desconocidos a los que Kapuściński, en sus Viajes con Heródoto, denomina “El Otro”. Soft power o la hegemonía por la atracción La perspectiva de Joseph Nye en lo que se refiere a Relaciones Internacionales es estrictamente americana. Y en primera persona. Nye ha sido Decano de la Kennedy School of Government (Harvard), presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de los EE.UU. y Secretario Adjunto de Defensa para la administración Clinton. Así que, cuando habla de el poder o la hegemonía norteamericana, lo hace como parte implicada no como mero teórico. Nye explica que el soft power se puede emplear para “inducir a terceros” en lugar de presionarlos mediante los poderes duros tradicionales: el militar y el económico; ofrecer algo más que “incentivos (zanahorias) o amenazas (palos)”. Dice Nye -en La paradoja del poder norteamericano- algo que, por analogía, resulta aquí muy útil: “Los valores de democracia, libertad personal, movilidad ascendente y apertura a menudo expresados en la cultura popular estadounidense, la enseñanza superior y la correspondiente política exterior contribuyen a reforzar el poder de Estados Unidos en muchos lugares” Los ataques del 11-S permitieron a los gobiernos de George W. Bush llevar a cabo políticas muy conservadoras edificadas en torno a la seguridad. Algunos estados lejanos a la órbita norteamericana vieron la posibilidad de “volver al redil” a cambio de apoyar la lucha contra el terrorismo internacional y las hostilidades en aquellos países que cobijasen a estas organizaciones. Libia y sobre todo Pakistán, a cuyo gobierno Donald Rumsfeld amenazó con bombardear hasta devolverlos a la “edad de piedra” si no cooperaban en la lucha contra Al Qaeda, vieron sus servicios eran recompensados generosamente. El pensamiento neocon, personalizado por Rumsfeld, Kagan o Wolfowitz, centró su estrategia internacional, por lo tanto, en los palos y las piedras. De hecho, uno de sus principios era el de “exportar la democracia”. Esa construcción parte de dos asunciones. La primera, discutible, es que la democracia y los principios ilustrados son patrimonio único de los países que integrarían, en palabras de Samuel Huntington , la Civilización Occidental. Aún reconociendo que estos ideales tienen un particular predicamento en los países más desarrollados, el tutelaje del proceso que esos actores occidentales se enajenan, resulta más problemático. Así pues, es lógico que el neoconservadurismo sea una doctrina basada en blindar la propia seguridad, en la medida que se pretende imponer una determinada cosmovisión sin rehuir el enfrentamiento abierto. Es muy difícil que unas políticas tan imbuidas de pensamiento colonial puedan desarrollarse sin que llegar al conflicto bélico. Después de los atentados contra las Torres Gemelas, Nye pintó un retrato más complejo de las Relaciones Internacionales aludiendo a una era de la información global en la el poder era menos tangible y coercitivo. La existencia de unas sociedades agrícolas y preindustriales (Oriente Medio y África) y de varias economías en transición (básicamente, los grandes países que componen el BRIC) –“un mundo abigarrado” en sus palabras- convertirían a quién supiese liderar esa revolución de la información (poder blando) en el actor global más poderoso. La capacidad estadounidense para generar poder blando es antológica. Basta con pensar en esas películas del Hollywood clásico; que llevaron a pantallas a lo largo del globo el American Way of Life. O la atracción global que despierta, una noche al año, la Superbowl; siendo el fútbol americano un deporte escasamente popular fuera de los estados de la Unión. Como refleja la película La Red Social (The Social Network; David Fincher, 2010), Facebook fue creado por un grupo de estudiantes de la elitista universidad de Harvard para conectar a los estudiantes de las diferentes residencias. Está, por tanto, ideado para las interacciones sociales de jóvenes norteamericanos de clase media alta. Twitter nació de las necesidades específicas de una empresa punto-com californiana . También Hollywood surgió como una alternativa a Nueva York y su costoso sistema de patentes del cinematógrafo de Edison. Y el fútbol americano no es más que una variante del rugby de los ingleses. Pero hay en Estados Unidos una demostrada capacidad para generar una cultura popular entretenida, accesible y exportable a la mayoría de los lugares del mundo. De igual manera, Facebook y Twitter evolucionaron hacia algo más complejo que, eventualmente, consiguió repercusión planetaria. Esa interconexión global se puede usar de múltiples maneras. Sin embargo, la extraordinaria relevancia que Facebook y Twitter han tenido en diferentes movimientos políticos, las convierten en revolucionarias plataformas de información que permiten a los ciudadanos implantar nuevas formas de oposición a sus gobiernos. Asimismo convierten a sus creadores en personajes extremadamente poderosos. Shalman Shaik señala la paradoja que supone que los políticos estadounidenses no hayan sabido tomar decisiones que facilitasen el cambio en el mundo árabe, mientras tecnologías americanas permitían la expansión de la revolución en el norte de África. Un ciber-activista tunecino que responde al nombre de Ahmed fue entrevistado para el popular blog tecnológico Gizmodo . En la entrevista afirma que ya en 2005 un hombre se inmoló delante del palacio presidencial. En aquellos tiempos, ni los blogs ni las redes sociales estaban de moda entre los tunecinos. Sin embargo, el torrente de información que proporciona la web 2.0 actualmente les permitió narrar y documentar las protestas de 2011 desde un primer momento, cuando los medios no estaban aún pendientes de los acontecimientos. Para hacerse una idea del poder que hoy tienen las redes sociales basta con decir que el reputado bloguero tunecino Slim Amamou -que en su momento fue arrestado por el gobierno de Ben Alí- fue nombrado Secretario de Estado de Juventud y Deportes en el posterior gobierno de unidad nacional. Ante la creciente importancia de las redes sociales y los expertos en ellas, cabe preguntarse si el país que las vio nacer obtiene algún rédito de su utilización. O, en otras palabras, ¿son Facebook y Twitter fuentes de poder blando para los Estados Unidos de América? Es difícil de decir pero, hasta ahora, el uso político que se le ha dado (en Irán, Moldavia y el mundo árabe) ha sido en pos de la democracia, la libertad individual y otros valores que la política exterior estadounidense, con frecuencia, ha tenido a gala exportar. 4. La revolución y sus vehículos: televisiones por satélite y redes sociales Al Jazeera y Al Arabiya: una introducción Escribió el poeta norteamericano Gil Scott-Heron que la revolución no sería televisada. Parece que se equivocaba. El canal catarí de televisión por satélite Al Jazeera –y en menor medida su rival saudí Al Arabiya- han resultado decisivos para la expansión de las revueltas árabes de un país a otro. La agresiva cobertura de Al Jazeera ayudó a crear y expandir un ánimo de insurgencia en los países de la zona . En sus escasos quince años de existencia, Al Jazeera ha cambiado el panorama periodístico y político del mundo árabe. La emisora ha puesto el foco de atención en temas que eran considerados tabúes y, ella misma, ha sido noticia. Fundada bajo el patronazgo del jeque catarí Hamad bin Khalifa Al Thani -quien renunció oficialmente a ejercer ningún control sobre la misma- y alimentada profesionalmente por el cierre del servicio árabe de la BBC, Al Jazeera revolucionó el panorama informativo entre unos medios árabes que seguían rigiéndose en espíritu por la antigua máxima otomana de “informar en pro de la preciosa salud del sultán”. Como señala Hugh Miles en Al Jazeera: How Arab TV News challenged the World, los árabes habían aprendido a desconfiar de los medios de comunicación al considerarlos apéndices de los gobiernos. En su lugar primaba la oralidad, el boca a boca en el zoco y la mezquita. Por eso la aparición de una fuente de noticias arabocéntrica pero con vocación internacional y creíble, cambió la forma de relacionarse con la información de muchos musulmanes. Muchos millones de televidentes se exponían, por primera vez, a medios de comunicación con estándares de calidad elevados, que les iban a permitir esquivar la censura interna de cada país y obtener una conocimiento más global y complejo de la realidad internacional. Fueron muchos los factores que contribuyeron a asentar esa credibilidad. Los de carácter interno tenían que ver con la liberalización de costumbres. Los talk show s de Al Jazeera daban cabida a encendidos debates sobre política, sociedad, terrorismo y el papel de la mujer. En uno de ellos, especialmente celebrado en el mundo árabe -y que da una idea del grado de modernización alcanzado- el controvertido clérigo Yusuf al-Qaradawi, declaró que el sexo oral estaba en consonancia con las normas coránicas de conducta moral. También es reseñable el hecho de que Al Jazeera fuese la primera televisión árabe que emitir imágenes de israelíes hablando. Las otras razones de peso que convirtieron el canal catarí en un referente internacional son más coyunturales. Su condición árabe le sitúa en uno de los puntos más calientes del planeta y le permite -o al menos le facilitaba al principio- el acceso a localizaciones y fuentes que resultan muy difíciles y demasiado comprometidas para las networks occidentales. Al Jazeera fue la única cadena que emitió en tiempo real la Operación Zorro del Desierto lanzada por los Estados Unidos sobre Irak en 1998 . Además, el régimen de Sadam Husein aceptó el nuevo rol de Al Jazeera, facilitándole el trabajo. Precisamente, esa capacidad de acceder a personas y regímenes “malditos” para los EE.UU. le granjeó a la emisora su siguiente hito comunicativo y, seguramente, las pertinaces críticas recibidas desde multitud de posiciones. El día de Navidad de 1998, Osama bin Laden –quién ya había sido acusado de las matanzas en las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania- llamó a la Guerra Santa contra americanos, británicos y judíos en un mensaje difundido por Al Jazeera. Meses más tarde, se emitió una entrevista con Bin Laden lo que acarreó que las autoridades saudíes promoviesen un bloqueo a todos los niveles contra una Al Jazeera que ya tenía muy limitadas sus actividades en el país. En realidad, la relación de Al Jazeera con el poder ha sido siempre muy complicada. En Jordania, por ejemplo, molestó su capacidad de generar manifestaciones y protestas que perturbaban la proverbial tranquilidad del régimen . También ha sido acusada de apoyar las actividades de Hezbolá, en el Líbano; y de Hamás, en Gaza. Las acusaciones vertidas contra ellos han sido de lo más variopintas. Como explica el ejecutivo Jihad Ballout : “Al mismo tiempo estábamos siendo acusados de ser anti-israelíes por los israelíes; islamistas por los laicos y los nacionalistas árabes; nacionalistas árabes por los israelíes; americanos e islamistas; financiados por la CIA, financiados por Bin Laden y financiados por Sadam Husein. Y entonces, nos empezó a parecer divertido” A pesar de todo, la influencia universal de Al Jazeera no hacía más que crecer y crecer. En el año 2000, ganaron tres premios internacionales y un estudio de la Oficina Central de Estadísticas de Palestina mostró que el 75% de los habitantes de Gaza y Cisjordania señalaban Al Jazeera como su primera fuente de información; a pesar de la inclusión de israelíes en sus noticias . Otro , del Centro de Investigación Panárabe afirmaba que durante la Segunda Intifada, ocurrida ese mismo año, la mitad de los televidentes árabes dejaron sus televisiones nacionales en favor de los canales de noticias por satélite. Precisamente durante la Intifada de Al-Aqsa, Al Jazeera pasó de ser un fenómeno regional relativamente desconocido para Occidente a erigirse como “un foro para aquellos involucrados en la sublevación y una ventana hacia el exterior” . Además, la calidad periodística de Al Jazeera se vio vindicada por una polémica cobertura que incluyó tanto a un niño palestino muerto por disparos del ejército israelí como el linchamiento de dos soldados hebreos a manos de una turba enfurecida. Como señaló el periodista árabe Daoud Kuttad en el año 2000, Al Jazeera fue para la Intifada de Al-Aqsa “lo que la CNN para la guerra del Golfo” . Los atentados del 11 de septiembre y las consiguientes guerras de Afganistán e Irak colocaron Oriente Medio en el centro del tablero internacional. Y lógicamente propulsaron el ascendiente de Al Jazeera sobre muchos medios de comunicación de todo el mundo. La administración Bush, preocupada por el tratamiento informativo de la “Guerra contra el Terrorismo”, auspició un código de autocensura para que las grandes networks americanas no emitiesen imágenes procedentes de Al Qaeda (lo que, implícitamente, quería decir imágenes obtenidas por Al Jazeera). De mayor o menor medida, las cinco empresas (ABC, CNN, CBS, Fox y NBC) se plegaron a este requerimiento. Sin embargo, no dudaron en usar la señal árabe en ocasiones de primicia informativa de gran alcance como los vídeos enviados por Osama bin Laden . El gobierno americano subió las apuestas. Se han podido contrastar las infructuosas presiones enviadas al emir Al Thani para hacer que las informaciones de Al Jazeera fuesen más complacientes . Comentar la malevolencia de las dos bombas lanzadas por aviones norteamericanos sobre la sede afgana de Al Jazeera –localizada en un barrio residencial de Kabul- podría considerarse una entrada en el campo de la especulación. También podría aceptarse que el lanzamiento de dos misiles sobre las oficinas de la cadena en Bagdad –a causa del cual falleció en periodista Tareq Ayyoub- fuese casualidad . Sin embargo, la filtración de un memorando , publicado por el Daily Mirror, en el que George W. Bush se mostraba dispuesto a bombardear las oficinas centrales de Al Jazeera en Catar, alegando que la cadena estaba proporcionaba ayuda a la insurgencia iraquí, parecen determinar que sí existió un plan organizado para deshacerse de un medio de comunicación incómodo a través de tácticas de guerra. Aunque las presiones contra Al Jazeera ejecutadas por las tropas de la coalición continuaron en el Irak post-Sadam , la situación se fue tranquilizando. La proyección internacional del canal culminó con el lanzamiento de un servicio anglófono de noticias en 2006 cuyas primeras estimaciones elevaban la audiencia hasta los 80 millones de personas. Las palabras de una de sus presentadoras, Jerry Dutton, ilustran el cambio de paradigma: “Tratamos de cambiar el sentido en el que circula la información. En lugar de Norte a Sur, nosotros contamos las cosas desde el Sur”. Es cierto que Al Jazeera tiene simpatías por la postura palestina en su conflicto con Israel, que su acercamiento a los Estados Unidos -y a Occidente- es muy crítico y que, posiblemente se mueve en una órbita ideológica de los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, las tendencias políticas de la emisora cataría encuentran su contrapunto con frecuencia en Al-Arabiya; un canal financiado por un conglomerado de empresarios saudíes, kuwaitíes y libaneses . Al Arabiya se estableció en 2002 en la por aquel entonces boyante Dubai. Su programación, que intercalaba noticiarios con deportes, programas económicos y debates , recordaba poderosamente a la de Al Jazeera. La monarquía saudí, artífice de la cancelación del servicio árabe de la BBC, estaba inquieta porque esa decisión había favorecido la expansión del canal catarí, con el que mantenían constantes disputas. La dinastía Fahd participó activamente en el proyecto, aportando un ingente capital a la empresa. Al Arabiya trató de reclutar profesionales de entre la plantilla de Al Jazeera, doblando y hasta triplicando el salario recibido por cada periodista. Otro factor ayudó el despegue definitivo de Al Arabiya : Al Jazeera estaba vetada en Jordania, Arabia Saudí, Kuwait y Siria. Como sugirió el reputado bloguero bagdadí Salam Pax, Al Jazeera debería haber cambiado su slogan a “La única cadena de televisión árabe sin oficinas en el mundo árabe”. Y en los albores de la Guerra de Irak, cuando Al Arabiya comenzó sus emisiones, esa era una limitación muy seria. En cambio, el canal saudí contaba con el beneplácito de los Estados Unidos y de muchos gobiernos árabes. Sirva como muestra que Colin Powell fuese entrevistado tres días antes de la inauguración de la emisora. Al Arabiya criticó el infantilismo de su rival, proveyéndose a sí misma de una pátina de rigurosidad y madurez; situación que según Hugh Miles no tenía correspondencia con la realidad: “En dos meses, Al Arabiya había demostrado ser un calco de Al Jazeera, con unos talk shows igual de divisivos […] Al Arabiya pronto adquirió una reputación de sólo abordar tímidamente las cuestiones cercanas al núcleo del régimen saudí, como los derechos de la mujer y los asuntos acerca del Islam militante” Una encuesta realizada en varios países por la Universidad de Sarjah (Emiratos Árabes Unidos) indicó que, durante la Segunda Guerra del Golfo, Al Jazeera fue el canal de noticias árabe más creíble; seguido de Abu Dhabi TV y Al Arabiya. Ese mismo estudio, también ensalzó el trabajo desarrollado por la cadena en Internet. Y la organización británica Index On Censorship galardonó a Al Jazeera por su precisión poco tiempo después de comenzar la guerra. A la vista de todo esto, se puede concluir que Al Jazeera y Al Arabiya forman parte del mismo fenómeno. Poco importa que Al Arabiya se asocie con los gobiernos de Arabia Saudí, Estados Unidos e, incluso, Israel y que Al Jazeera ocupe un lugar “más islámico” en el imaginario colectivo. Las divergencias se deben a asuntos meramente ideológicos . Sin embargo, ambas responden a una nueva manera de hacer televisión; inédita en la región. Están recorriendo caminos nunca transitados en el mundo árabe –en los planos informativo, político y social- favorecidas por ricos países del Golfo Pérsico, que han decidido aflojar la censura clásica con la idea de ganar influencia y visibilidad internacional. Según Robert F. Worth y David D. Kirkpatrick, desde su fundación Al Jazeera ha ayudado a dar forma a una “narrativa de rabia popular contras los opresivos regímenes apoyados por Estados Unidos (y contra Israel)”. Esta visión es secundada por el profesor Marc Lynch (Universidad George Washington), quien asegura que la noción de lucha común a lo largo del mundo árabe es algo creado por la emisora de Catar. Al hilo de la Primavera Árabe, concluye Lynch que “no causaron estos eventos, pero es casi imposible imaginar que todo esto ocurriese sin Al Jazeera”. Las televisiones y la Primavera Seguramente es la visibilidad el concepto clave para entender la influencia de las televisiones por satélite en las revoluciones tunecina y egipcia. La cobertura de las televisiones por satélite fue la auténtica carta de naturaleza de las protestas árabes. En un artículo para Foreign Policy, Lawrence Pintak (Decano de Comunicación de la Washington State University) afirma que el levantamiento de los egipcios en Tahrir es impensable si antes no hubiesen visto la revolución tunecina “en sus salones y sus cafés” . Para Pintak, Al Jazeera llegó más lejos que -la más conservadora- Al Arabiya al ser capaz de “capturar las esperanzas de la multitud reunida en las calles de El Cairo”. Según Abderrahim Foukara, Jefe de la oficina de Al Jazeera en Washington, la genialidad de las televisiones árabes radica en que han capturado un dolor profundamente arraigado en la sensibilidad árabe y lo han convertido en una narrativa visual que apela a algo muy profundo de la psique árabe”. Igualmente, se puede concluir que esa dinámica se ha trasladado a las informaciones provenientes de Libia, Siria, Baréin y Yemen. La retransmisión continuada de los enfrentamientos evita que esos conflictos se desvanezcan de la memoria colectiva; máxime en el mundo árabe, en el que la idea de la comunidad nacional única tiene tanto peso. En un mensaje colgado en su web , Al Jazeera afirmaba que sus imágenes que algunos poderes trataban de censurar sus imágenes; unas grabaciones que “empujan hacia la democracia y la reforma”. Resulta evidente que el canal catarí tomó parte por el cambio sistémico que se estaba produciendo. Como señala Pintak, los regímenes árabes deben afrontar un escenario desconocido: “Ya no controlan el mensaje”. También la relativamente desconocida Dream TV tuvo su momento de gloria durante las protestas de Tahrir. El ejecutivo de Google y activista político Wael Ghonim había sido detenido por las autoridades y puesto en custodia durante once días. Al acabar su cautiverio dio una emotiva e incendiaria entrevista en un programa de Dream TV. Ghonim se convirtió en uno de los emblemas de la revolución egipcia y en un líder de opinión al respecto. Con más de 160.000 seguidores en Twitter, actualmente rivaliza en influencia en esa red social con el que parece llamado a liderar la nueva etapa en el país del Nilo: el premio Nobel de la Paz Mohamed el-Baradei . El tratamiento de las revueltas llevado a cabo por Al Jazeera y Al Arabiya levantó ampollas entre los gobernantes de esos países. Gadafi llegó a afirmar que ambas cadenas eran “el mayor enemigo” y las autoridades egipcias clausuraron la oficina cairota de Al Jazeera. Aunque es cierto que se han escuchado quejas acerca de la objetividad de estos canales, resulta muy significativa que los estándares para esa crítica se hayan nivelado con los de los medios occidentales. No hay que olvidar que Al Jazeera disfruta las mayores cotas de libertad de la región ni que este modelo supone un gran avance con respecto a las televisiones nacionales controladas por los autocracias árabes. La definitiva confirmación del buen hacer de Al Jazeera vino de la mano de una valedora inverosímil. En el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Hillary Clinton aseguró que Al Jazeera está ganando audiencia en los Estados Unidos por ofrecer: “Noticias reales […] Puedes no estar de acuerdo con ellos, pero sientes que estás recibiendo noticias reales al minuto en lugar de un millón de anuncios y […] discusiones entre cabezas parlantes” Esa invectiva contra los medios norteamericanos se debía a que, según la opinión de Clinton, estos no estaban sabiendo hacer algo en lo que Al Jazeera estaba sobresaliendo: “cambiar la mentalidad y la actitud de la gente”. Las televisiones por satélite pueden estar cambiando a las personas pero la gran novedad a nivel formal, de las protestas en el mundo árabe es la capacidad demostrada por el Internet 2.0 -especialmente de las redes sociales- para movilizar masas con fines políticos. El fenómeno de las redes sociales Podría decirse que La paradoja del poder norteamericano (Joseph Nye, 2000) se escribió en los albores de la sociedad de la información. El término Red 2.0 –en referencia a las páginas que priorizan la comunicación, interoperabilidad y colaboración en Internet- acababa de ser acuñado y aún pasaría tiempo hasta su popularización. Faltaban todavía cuatro y seis años para que se fundasen Facebook y Twitter. Joseph Nye no podía saber que la “Revolución de la Información” se iba a articular en torno a un enorme anuario escolar –Facebook- y a una plataforma idónea para las sentencias ingeniosas, las máximas memorables y los aforismos que quepan en 140 caracteres –Twitter-. Sin embargo, Nye ya estaba convencido de la decisiva importancia de los enormes flujos de datos generados por la red en tanto que un claro ejemplo del soft power por él conceptualizado. Joseph Nye comprendió dos cosas muy importantes acerca de la nueva naturaleza de las Relaciones Internacionales en un mundo masivamente conectado a Internet . En primer lugar, y pese al sentimiento dominante, la interconexión de redes no implica un reparto más justo del poder entre países ni una democratización instantánea de nada. La competencia aumentará, sí, pero las economías de escala y barreras de entrada de las estructuras monetarias tradicionales no desaparecen por ello. Además, un estado poderoso tendrá más credibilidad como resultado de su poder blando. En segundo lugar, se crea un espacio transnacional que hace peligrar la soberanía de los estados-nación. En 1952, durante el Golpe de Estado contra el rey Faruq , los Oficiales Libres de Nasser y Naguib tomaron simultáneamente el Cuartel General de Ejército y la Radio Egipcia. Mubarak, casi 60 años después, fue incapaz de emular a su predecesor y no fue sino por la connivencia de una gran multinacional –Vodafone-, por lo que fue capaz de silenciar significativamente los canales de comunicación usados por el pueblo. El autor concluye que “términos como unipolaridad y hegemonía cada vez sonarán más a hueco” y augura una disminución de las soluciones militares. La revolución de la información estaría “planteando desafíos más sutiles” al alterar la naturaleza del Estado, su soberanía y su poder -incluido el blando-. Las ideologías e Internet Hoy en día es frecuente escuchar, repetido como un mantra, opiniones sobre la influencias decisiva que las redes sociales -esencialmente Facebook y Twitter- han tenido en las protestas árabes. No obstante, a nadie se le escapa que las redes sociales son sólo medios y estos, por sí mismos, no generan cambios sociales. Como dice Nezar Alsayyad, experto en urbanismo de la Universidad de Berkeley, “al final, las revoluciones no ocurren en el ciberespacio aunque empiecen allí” . En el Primer Mundo ya existían movimientos sociales generados a raíz de, lo que se podría denominar, la subcultura internauta como el Partido Pirata sueco. Y ya estos carecían de organizaciones consistentes, de agendas políticas claramente definidas y de una base social estable. El caso más paradigmático es el de Anonymous: una organización abierta, conformada por personas que deciden no identificarse. Se dedican a lanzar ataques online sin seguir ninguna clase de agenda política reconocible. El credo de Anonymous no lo establece ningún “libro sagrado”. Son sus acciones las que permiten hacernos una idea de cómo se organiza y en qué cree el movimiento. Lo más parecido a un principio político es la afirmación, presente en dos vídeos que se le atribuyen “al grupo”, de que “el conocimiento es libre”. La Iglesia de la Cienciología , Sony Entertainment y -dentro del contexto que nos ocupa- el gobierno tunecino son algunas de las víctimas de sus ataques informáticos. Podría decirse, reduciéndolo mucho, que ideológicamente Anonymous oscila entre el libertarismo anarquista y las ideas postmodernas acerca de la fragmentación y la inconsecuencia. Lo que el caso de Anonymous pretende ilustrar es las iniciativas políticas online pueden alcanzar a mucha gente y crear muy rápidamente estados de ánimo entre la población. Sin embargo, son movimientos efímeros, en los que no hay una jerarquía establecida, que suelen afectar tan sólo epidérmicamente a las sociedades en las que se desarrollan y de los que es difícil extraer conclusiones generales. Los cambios en los países árabes no son ajenos a varios de esos déficits. Aquellos pueblos que no consiguieron derribar rápidamente a sus gobiernos han sido incapaces de desarrollar una oposición con un programa claro. Al final, sólo algunas fuerzas tradicionales, como la escisión de las Fuerzas Armadas en Libia y los clanes tribales yemeníes , han podido mantener el pulso en los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. En cambio, el férreo régimen de Bachar el-Asad está masacrando a su población. A principios de junio de 2011, se estima que los fallecidos por la represión se elevan a 1.200 . En general, los medios de comunicación generalistas han destacado la función desempeñada por las redes sociales durante los procesos revolucionarios. Precisamente esos medios se encuentran en una encrucijada. Por una parte no pueden obviar las modas (600 millones de usuarios activos en Facebook y 200 millones de cuentas de Twitter abiertas), especialmente menos una que ha redefinido la forma en la que las personas se comunican, interrelacionan, movilizan y crean comunidades afines. Los propios periodistas se incorporan en muchas ocasiones a este nuevo paradigma comunicativo, principalmente, abriéndose cuentas en Twitter lo que les permite crear corrientes de opinión e interactuar directamente con sus lectores. Twitter incluso está influyendo la agenda-setting pues con frecuencia los propios periódicos acuden a los contenidos más comentados (trending topics) en Twitter para seleccionar temas noticiosos. Por otra parte el auge de los medios sociales está destinado a cambiar el periodismo. Estos perturban la influencia social y las líneas editoriales compactas de unas empresas periodísticas tradicionales ya afectadas por la gratuidad de las publicaciones digitales y el descenso de ingresos publicitarios. Es muy probable que los medios que no consigan integrar con éxito su oferta y las redes sociales, tengan grandes dificultades para sobrevivir. El periodista online de Al Jazeera Bilal Randeree recuerda que al principio de la revolución tunecina no había profesionales sobre el terreno así que los medios tradicionales buscaron entre los mensajes de Twitter etiquetados como #sidibouzid para hacerse una idea de lo que estaba pasando. El reportero sudafricano defiende que los tuits son una fuente periodística válida siempre que se contrasten las fuentes: “Si hablas con cuatro o cinco personas en una ciudad, y todos te cuentan una historia similar, es suficiente para saber que puede seguir adelante con la historia” No obstante, en opinión de Randeree Twitter y Facebook no tienen gran utilidad sin los medios de comunicación tradicionales. Su labor tendría más que ver con la popularización de contenidos informativos que con la generación de los mismos: “La gente no viene a nuestra página por esta red social sino que viene buscando noticias. Twitter y Facebook son de mucha ayuda, y nosotros los utilizamos para darle pistas a la gente sobre lo que somos; pero después, cuando entran en nuestra web, no es necesario volver a insistir, porque descubren que somos un sitio para encontrar buenas noticias y vuelven”. En el influyente blog de nuevas tecnologías GigaOM , Mathew Ingram realizó un seguimiento del debate desatado en Twitter acerca del papel de las redes sociales en las protestas tunecinas. Varios periodistas, académicos y teóricos mediáticos se enzarzaron en una discusión sobre el alcance de la web 2.0 en la revuelta. Las opiniones son heterogéneas y no hay muchos puntos de entendimiento más allá de obviedades como que las redes sociales por sí mismas no causan disturbios y que han tenido algún grado relevancia en este caso. Las posturas de los polemistas fluctúan entre los que defienden que la organización de las revueltas habría sido inviable sin las redes sociales (Clay Shirky) hasta aquellos que defienden la esencialidad del factor humano y afirman que, dado el descontento los tunecinos hacia su casta política, los acontecimientos se habrían desatado igualmente (Evgeny Mozorov y Jillian C. York ). La blogosfera egipcia y el apagón digital En Egipto, los blogs eran un asunto candente desde bastante tiempo atrás. Uno de los papeles del Departamento de Estado norteamericano filtrado por Wikileaks resaltaba la relevancia político-social de algunos blogueros que estaban tratando temas en espinosos -la sucesión de Mubarak, el acoso sexual, las tensiones interétnicas, etcétera- en el límite de lo tolerado por un gobierno egipcio que, progresivamente, había ido implantado normas más restrictivas que consiguieron descohesionar los, anteriormente compactos, círculos de activismo online. Mubarak era conocedor de la importancia estratégica de Internet en un contexto de enfrentamiento social. Al poco de que las revueltas estallasen, su administración ordenó a los cuatro principales proveedores de Internet –entre los que se contaba la multinacional Vodafone- que cortasen sus conexiones internacionales. Esta enérgica medida contrastaba con la candidez digital mostrada por Ben Alí y, sobre todo, simbolizó el derrumbamiento de un régimen agonizante, incapaz de perpetuarse más que mediante el aislamiento y la negación del mundo que les rodeaba. Otros medios No sólo de televisiones por satélite y redes sociales se alimentaron las revueltas árabes. El periódico tunecino Kalima Tunisie y el egipcio Al-Masry Al-Youm movilizaron a las masas apelando al concepto de la umma o nación árabe única. Una aportación especialmente sorprendente la realizó una tecnología tan aparentemente superada como el fax . Tras el apagón de las telecomunicaciones en Egipto, los activistas desempolvaron los faxes para comunicarse, transmitir información a estudiantes, enterarse del estado de la red de Internet y difundir los cables de Wikileaks a la población. Henry Petroski , profesor en la Universidad de Duke y autor de un libro que responde al curioso título de “El lápiz: una historia de diseño y circunstancia” defiende un sutil planteamiento sutil, a contracorriente de las opiniones mayoritarias actuales. Para Petroski, “las tecnologías más antiguas, por ser más antiguas y generalmente más simples, proporcionan un camino más sencillo”. Una precisión interesante es la de George Joffé , quien asegura que “Facebook, Twitter, los móviles y Al Yazira han facilitado enormemente los flujos de información y han estimulado la participación popular”. Sin embargo, apostilla Joffé, el corte de tres días en las comunicaciones de Egipto no detuvo las protestas sino que estas se mantuvieron vivas gracias al boca a boca. 5. Situación actual y tendencias dominantes La segunda ola Cuando se reavivó el fuego revolucionario en el mundo árabe, los líderes autocráticos habían aprendido unas cuantas lecciones. Ben Alí y Mubarak habían caído por unas protestas callejeras que no habían sabido controlar. Algunos países -Argelia, Jordania, Omán, Kuwait- consiguieron enfriar los ánimos, al menos temporalmente, gracias a reformas y cambios gubernamentales. Sin embargo, la situación es volátil y las protestas revolucionarias pueden resurgir en cualquier país y en cualquier momento; sobre todo a medida que una mayor número de estados evolucionen hacia la democracia. Muamar el Gadafi fue el primero en poner las cartas sobre la mesa. A las claras y midiendo mal sus fuerzas. En virtud de su reconquistada amistad con Occidente, en el contexto de la “Guerra contra el Terror”, el coronel pensó que podría reprimir las manifestaciones bombardeándolas desde aviones de las fuerzas aéreas libias. Resultado: más de 250 muertos; un infrecuente repudio unánime de la comunidad internacional; y la deserción del Ministro de Justicia, la delegación libia ante la ONU y parte del Ejército acantonado en Bengasi. En ese momento, una de las revueltas árabes evolucionó a conflicto armado por primera vez. La guerra abierta entre la Jamahiriya de Gadafi y las fuerzas del Consejo Nacional de Transición no tardó en enquistarse. Esto se debió a la ausencia de un criterio y unas acciones determinadas por parte de las potencias internacionales. Estados Unidos, la Unión Europea y los países de la Liga Árabe acordaron unos términos para la intervención militar en Libia. Se decretó una zona de exclusión aérea pero, al mismo tiempo, se descartó un ataque terrestre. El suministro de armas y fondos a los rebeldes fue debatido hasta la extenuación. En sus manifestaciones públicas, la OTAN desechó una posibilidad , que luego fue suscrita por el Grupo de Contacto para Libia . Un análisis muy extendido es que el liderazgo inicial de Francia y Reino Unido en las operaciones militares necesitaba un claro apoyo de los EE.UU. Pero la administración Obama, con enormes frentes abiertos en Afganistán e Irak demostró cierta apatía en sus políticas y cedió el papel a una OTAN que, inopinadamente, no dirigía. En palabras de Lluís Bassets no hubo “nadie al volante”. Tres meses después del inicio de las hostilidades, la OTAN reivindica avances considerables y los rebeldes se han hecho con el control de Yafran, una ciudad cercana a Trípoli. El régimen de Gadafi parece estar en las últimas en junio de 2011 –aunque con un prestidigitador semejante al mando, nunca se sabe- pero eso no oculta que la falta de iniciativa de las organizaciones supranacionales posibilita que algunos sátrapas nacionales se enroquen, al creer que a las potencias occidentales no les será rentable intervenir en sus territorios. Alí Abdulá Saleh, Presidente de Yemen, ejemplifica esa actitud. En un primer momento recurrió a la violencia extrema. Después de que unos pistoleros sin identificar –seguramente, afectos al régimen- abriesen fuego contra una manifestación de la oposición, el líder yemení decretó en estado de emergencia . En un país con tantas tensiones étnicas latentes todo se complicó a finales de marzo, cuando funcionarios reconocieron que seis de las dieciocho provincias de la nación estaban fuera del control gubernamental . Posteriormente Saleh accedió a firmar un acuerdo elaborado por el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) por el cual abandonaría el poder a cambio de inmunidad . El presidente de Yemen boicoteó el tratado en al menos tres ocasiones lo que provocó que el CCG abandonase su labor mediadora . Sólo un ataque con bombas y obuses contra el palacio presidencial, aparentemente perpetrado por el clan tribal de los Al Ahmar, desbloqueó la situación . Saleh abandonó el país para recibir tratamiento médico en Arabia Saudí; hecho que ha permitido un relanzamiento del plan de transición del Consejo de Cooperación del Golfo . De cualquier manera, la incertidumbre que planea sobre Yemen aún es grande dada su condición de santuario para los militantes de Al Qaeda y su gran efervescencia tribal. Arabia Saudí también ha demostrado su poder regional en las protestas menos mediáticas de la región; las acontecidas en el reino de Baréin. Los manifestantes habían comenzado a exigir la caída de la monarquía después de las redadas contra los manifestantes, de mayoría chií, en la Plaza de la Perla de Manama . El régimen saudí –dentro del marco del Consejo de Cooperación del Golfo- envió más de 1.000 militares a la isla para garantizar la estabilidad de la zona –y la suya propia-. Defiende Lluís Bassets que la revuelta “ha quedado ahogada por la invasión saudí en el mejor estilo soviético ”. ¿Por qué Siria es tan importante? Una breve historia No war without Egypt, no peace without Syria -Henry Kissinger- Libia es un país inmerso en una guerra civil y profundamente fragmentado. Y, aunque Gadafi ya ha sido capaz de reinventarse alguna vez y Rusia y China templen gaitas hacia su régimen, es un personaje estrafalario cuya estrella parece estar apagándose. Fue especialmente significativo que su único apoyo internacional tras la represión de las protestas viniese del nicaragüense Daniel Ortega . Así pues, lo más significativo del caso libio es la inacción por la que han optado tanto las grandes potencias como los organismos internacionales. Esa pasividad ha mostrado a los regímenes árabes autoritarios un camino para su supervivencia: la represión a sangre y fuego. A Bachar el Asad no le ha temblado el pulso –ni a Saleh- al echar mano de sus ejércitos para sofocar las revueltas. A principios de junio de 2011, la cifra de muertos en Siria se aproximaba a los 1.100. No es impensable, ni siquiera improbable, que un movimiento político-social de envergadura extraordinaria como este pueda encallar una vez superada la inercia inicial. La ola revolucionaria europea de 1848 no provocó profundos e inmediatos cambios en las estructuras de poder del Viejo Continente. Recordemos lo que dice Hobsbawm al respecto : “A los seis meses de su brote ya se predecía con seguridad su universal fracaso; a los dieciocho meses habían vuelto al poder todos menos uno de los regímenes derrocados; y la excepción (la República Francesa) se alejaba cuanto podía de la insurrección a la que debía su existencia”. Lo que ocurra en la República Árabe Siria tendrá una importancia crucial para el mundo árabe posrevolucionario. Visualmente, la situación podría explicarse con la recurrente teoría del dominó. O más exactamente, como la clave de un arco que, sin más aglutinante que la presión, evita que el resto de las dovelas se desmoronen. El ascendiente de Siria en la región se debe, en buena medida, a factores históricos. Como explica Ignacio Álvarez-Ossorio ; Siria, Líbano, Jordania, Israel y los territorios palestinos integrarían la Gran Siria hasta que, en los acuerdos Sykes-Picot (1916), Francia y el Reino Unido organizaron la división y repartición artificial de unos territorios interesantes estratégicamente y ricos en petróleo. “Siria se convirtió en un ‘Estado residual’ de lo que quedó de la ‘Siria natural’”. La historia siria a lo largo del siglo XX ha sido azarosa. Sin embargo, su decisiva influencia dentro de la comunidad árabe no se ha desvanecido nunca. No en vano, Egipto y Siria fundaron en 1958 la República Árabe Unida. El proyecto fue liderado por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser y pretendía una unión panárabe en Oriente Medio y el norte de África. Durante su corta existencia, y a pesar de la teórica no alineación propugnada por Nasser, la RAU gravitó en torno a la URSS para garantizar su supervivencia . Tras su disolución en 1961, Egipto se acercó a los Estados Unidos mientras que Siria tuvo una relación estable con la Unión Soviética; y muchísimos vaivenes, que llegan hasta el día de hoy, en el trato con Washington. Internamente, la Siria gobernada, primero, por Hafez al-Asad y, después, por su hijo Bachar es un país disfuncional. A pesar de que el 74% de los habitantes son sunníes, enormes cuotas de poder recaen sobre los alauitas; una rama del chiísmo cuya representación ronda hoy el 10%. La propia familia al-Asad es alauí y, por ejemplo, 19 de los 31 mandos de las Fuerzas Armadas y los Servicios de Inteligencia en el período 1970-1997 también lo fueron . Si bien es cierto que al llegar Hafez al-Asad al poder en 1970, tras un Golpe de Estado, concedió muchos altos cargos políticos a sunníes y drusos, esta redistribución nunca llego al Ejército; auténtica fuente de poder del estado sirio. Los otros dos pilares del sistema eran el Partido del Renacimiento Árabe Socialista Baaz y la burocracia. Al tener todos estos resortes controlados, Hafez el-Asad pudo edificar un estado híbrido que aunaba el estatismo y las preocupaciones sociales soviéticas con la liberalización económica y política; promovidas durante esta primera etapa. La estabilidad resultante –algo desconocido en la política siria- permitió extender su influencia internacional. El-Asad buscó en el Líbano un nuevo aliado regional. Más que una relación de amistad entre las naciones, se estableció, con el tiempo, una estructura de dominación con una enorme capacidad de hacer estallar una región, ya de por sí, extremadamente volátil. Los 30.000 militares sirios que entraron el Líbano bajo mandato de la Liga Árabe en 1976, no abandonarían el país del cedro hasta 30 años después. Para los intereses de la política exterior norteamericana, Siria ha tendido a ser un problema. Hasta bien entrados los años 80, la Unión Soviética aportó ingentes cantidades de dinero en ayudas militares a Damasco para contrapesar a Israel en la región. Además, Hafez el-Asad selló una alianza contra natura con el ayatolá Jomeini movida solamente por su mutua animosidad contra iraquíes, norteamericanos e israelíes . A pesar de gobernar sus respectivos países bajo la marca, teóricamente panarabista, Baaz; Siria e Iraq mantenían malas relaciones desde los años 70 porque ambos querían encabezar ese frente común. Tras el colapso comunista, Siria intentó llegar a buenos términos con los Estados Unidos dentro de un nuevo “marco de acción y cooperación”. Su participación en la alianza contra Sadam Husein durante la Primera Guerra del Golfo logró una mejora sensible en las relaciones bilaterales y la posibilidad de ejercer como un interlocutor válido –que representó las sensibilidades árabes de manera frentista- durante las infructuosas conversaciones de paz entre israelíes y palestinos de los años 90. A lo largo de su mandato, Hafez el-Asad, logró conformar un estado muy potente dentro de la política regional; y monolítico en el plano interno gracias a un implacable control de las fuerzas de seguridad . Una vez que en el año su hijo Bachar culminó la sucesión, sin mayores contratiempos, la población esperaba que este oftalmólogo educado en Londres llevase a cabo un plan de reformas políticas en pos de una apertura democrática. Sin embargo, las élites económicas estaban por la labor de mantener el status quo obtenido con Hafez el-Asad durante los treinta años previos. De hecho, las mayores tensiones vinieron del enfrentamiento soterrado entre la “vieja guardia” y otra nueva, formada por tecnócratas y economistas cercanos al nuevo mandatario. Pronto todas estas disputas saldrían pronto de foco . Tras los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono, la administración de Bush hijo se embarcó en una suerte de cruzada contra el terrorismo internacional. Al considerar el país como una amenaza para la estabilidad global, Siria fue colocada presurosamente en las inmediaciones del llamado “Eje del Mal”. Los Estados Unidos exigieron el fin de la presencia siria en territorio libanés; un mayor control en las fronteras con Irak, muy permeables al paso de insurgentes; y, sobre todo, que Damasco cortase su colaboración con Hamás, Hezbolá, la Yihad Islámica y el Frente Popular para la Liberación de Palestina; una esponsorización mediante la cual Siria pretendía –al igual que con su acercamiento a Irán- alcanzar una “paridad estratégica” con Israel. Antes de que estallasen las protestas en Siria, el país se enfrentaba a una situación que Ignacio Álvarez-Ossorio definía como “incierta”. Acosaban a Bachar el-Asad un cierto número de problemas internos: terrorismo yihadista, fuerte presión migratoria originada por los refugiados iraquíes y demandas de democratización de las élites culturales. Sin embargo, internacionalmente, su régimen atravesaba una fase dulce. Tras salir reforzado de la Segunda Guerra del Líbano, Damasco había estrechado sus lazos con Turquía, retomado las relaciones bilaterales con Francia –tras el asesinato del líder libanés Rafiq Hariri; tras el que se veía la mano de os servicios secretos sirios- y visto como los belicosos neocons perdían el poder en Estados Unidos. Represión à la Syria If you wish to destroy unarmed civilians, you shoot them down in the street and then shoot down the funeral mourners and then shoot down the mourners of the dead mourners –Robert Fisk- Siria ya tiene un historial de represión de levantamientos civiles. Entre 1980 y 1982, el gobierno de Hafez el-Asad reprimió con extrema dureza a la insurgencia islámica comandada por los Hermanos Musulmanes. La escalada de violencia culminó con el asedio de Hama en febrero de 1982. Los analistas estiman que las ejército sirio causó entre 10.000 y 20.000 muertos. Rifaat el-Asad, hermano de Hafez y comandante de aquellas fuerzas, se vanagloriaría más tarde de que la cifra de muertos no era inferior a 38.000. Años más tarde , Bachar el-Asad reprimió mediante penas de cárcel, agresiones y amenazas a los intelectuales que articularon demandas muy presentes en la sociedad civil en el Manifiesto de los 99. Aquel movimiento puede considerarse un germen de las protestas actuales. Sus peticiones incluían primar las reformas democráticas sobre las económicas administrativas y judiciales; poner un coto al culto a la personalidad del líder que se había impuesto paulatinamente en el país, derogar la ley de emergencia y la ley marcial vigentes desde 1963; una suerte de amnistía para los presos políticos y el retorno de los exiliados; el fin del estado policial; y el reconocimiento del derecho de reunión y de las libertades de prensa y expresión. Con semejante panorama interno no es difícil explicar porqué, al expandirse, las revueltas árabes prendieron a lo largo y ancho de Siria. Después de dilatarlas casi tres meses, el gobierno realizó unas cuantas concesiones políticas : el fin del estado de emergencia, la regulación del derecho a manifestarse y la supresión del Tribunal Supremo de Seguridad Estatal. Las protestas, sin embargo, se intensificaron y el régimen sirio se enfrenta ahora a graves amenazas. Según el veterano corresponsal Robert Fisk , la resistencia está dando paso a la insurrección. A principios de junio de 2011 varios militares se rebelaron, a título personal, contra el cumplimiento de las órdenes gubernamentales. Asimismo, cada vez son más civiles los que estarían empuñando armas; una táctica nacida en Daraa después del arresto, tortura y asesinato de un niño de 13 años. En opinión de Lluís Bassets, “pintan bastos” para el régimen sirio “y parece seguro que también caerá” . El hecho de que la mecha revolucionaria siga encendida e hinchándose varios meses refuerza esa hipótesis. Curiosamente, lo hace a pesar del ostracismo que sufre la oposición siria. Organizadas en torno a pequeños comités locales , los contrarios a Bachar el-Asad sostienen una agenda política de tintes occidentales. Pretenden una democracia pluralista y sus modelos son Sudáfrica, los países de Europa del Este y Latinoamérica. La causa opositora no encuentra mucho eco exterior a pesar de su evidente sintonía con las políticas norteamericana y de la Unión Europea. El-Asad mantiene cierto margen de maniobra. El esfuerzo bélico occidental en Libia hipoteca el apoyo al resto de los procesos de cambio político y difícilmente será repetido en Siria. Washington mantiene actualmente tres frentes abiertos en países islámicos (Libia, Irak, Afganistán) y no parece deseoso de abrir un cuarto . Además un ataque contra Siria podría unir al extremismo islamista, enfurecer Irán y no contaría con el apoyo ni de China ni de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU . Y la ausencia de un liderazgo claro y de un discurso unificado en las operaciones contra Gadafi, no invita a pensar que Occidente vaya a ejercer la anunciada salvaguarda de la Primavera Árabe a través de sus ejércitos. Un aplastamiento de las protestas sirias no anularía, evidentemente, los avances logrados durante la Primavera Árabe pero sí pondría en solfa el futuro de un proceso que se ha alimentado y crecido gracias al éxito. Las acciones de la Unión Europea se han limitado a la lectura de un comunicado por parte de su Alta Representante para Asuntos Exteriores, Catherine Ashton, en el que se condenaba el uso indiscriminado de la violencia contra los manifestantes . Por lo que respecta a las organizaciones transnacionales de la región, estas son más parte del problema que de la solución. En el seno de la Liga Árabe hay muchos gobiernos autoritarios que podrían sufrir procesos de cambio político similares . Y, en el Consejo de Cooperación del Golfo, Arabia Saudí ha tomado el control para asegurarse de que los gobiernos de estos acaudalados estados no sufran ninguna eventualidad revolucionaria organizando una especie de “Santa Alianza islámica” . Tan sólo Estados Unidos ha hecho algo más. Tampoco mucho. La administración Obama ha impuesto dos tandas de sanciones sobre los activos bancarios de altos cargos del régimen sirio . A principios de junio (cifra estimada de muertos: más de 1.100) Hillary Clinton aseguró que la legitimidad de el-Asad estaba casi agotada . El nuevo mundo árabe En cambio, sí es cierto que Washington parece tener una estrategia más amplia que busca redefinir las relaciones con el mundo árabe desde la buena voluntad. Un plan delineado en una entrevista en 2009 con Al Arabiya en el que el mandatario incidió en el mensaje de que los Estados Unidos no son enemigos del mundo árabe. El su alocución en la Universidad de El Cairo, meses después, Obama apeló a un mayor entendimiento entre Occidente y musulmanes. A mediados de abril de 2011 en un discurso que se supone instaurador de una nueva etapa , el presidente de los EE.UU. afirmó que su máxima prioridad en la región es el apoyo a las democracias nacientes. Una semana más tarde, durante una cumbre del G-8, se anunció la creación de un fondo de 14.000 millones de euros para esos países en transición; que sería ampliable hasta los 28.000 a medida que la situación lo requiera o que más estados se abran a la democracia. Esta medida venía a satisfacer la preocupación compartida por politólogos como Ignacio Ramonet y Nur Yalman acerca de la necesidad de poner en funcionamiento una especie de Plan Marshall para consolidar el cambio de modelo político en el mundo árabe. 6. Perspectivas de futuro Los escenarios resultantes de la Primavera Árabe son inestables, mutan con facilidad. Es prácticamente imposible presagiar qué como reaccionarán las masas en cada país; lo que sabrá y podrá hacer cada gobierno para aplacar los ánimos; cómo afectará cada proceso aislado a la relación de fuerzas en el mundo árabe; las alianzas que se establecerán y si, pasado el tiempo, estas revoluciones se verán como un éxito o un fracaso. Los escenarios que siguen son, por lo tanto, altamente hipotéticos pero y responden a las tendencias que, en principio, parecen dominantes. La influencia de la Primavera árabe se puede analizar en tres ámbitos: el propio mundo árabe, el futuro de las organizaciones políticas islámicas y la trascendencia del movimiento en otras coordenadas geográficas. Rashid Khalidi es pesimista , o al menos particularmente cauteloso, al hablar del porvenir del mundo árabe. El derrocamiento de los tiranos ha llevado mucho tiempo pero la gran tarea pendiente será levantar estados que funcionen y no caigan en manos de élites económicas o militares. George Joffé advierte de que es muy probable que el nuevo gobierno de El Cairo esté sometido a una fuerte supervisión por parte del ejército nacional . Al fin y al cabo, Mubarak era un sólido aliado norteamericano. Su régimen -y al saudí- ejercían como caja de resonancia de los norteamericanos en la región y garantizaban que los estados musulmanes de la zona no creasen un frente único contra Israel. Si añadimos que la situación económica del país ha empeorado significativamente tras la revolución de Tahrir y podría llegar a colapsar , no se concibe que el camino a la democracia vaya a estar expedito de baches. Estratégicamente y políticamente, Túnez es infinitamente menos importante que Egipto. Precisamente eso podría normalizar su transición a la democracia. Las declaraciones del presidente interino Mubaza marcan una ruptura sin paliativos con respecto al régimen de Ben Alí. La obligatoriedad de que las listas para las elecciones de julio sean paritarias es algo discutible políticamente, pero inequívoco a un nivel simbólico. Como he analizado en Libia, Yemen y Siria son actualmente tres países abiertos en canal por la violencia, profundamente divididos. Tanto Saleh como Gadafi parecen afrontar su proceso de salida. Es improbable que el líder yemení pueda volver con seguridad a su país. De hecho, es posible que sean los propios saudíes los que llegado el caso no lo permitiesen para asegurar la estabilidad en el Golfo Pérsico, área en la que ellos son la fuerza predominante a través del Consejo de Cooperación del Golfo. Muamar el Gadafi no lo tiene más fácil. El aislamiento extremo al que enfrenta, unido al apoyo internacional al Consejo Nacional Libio parecen hacer inviable que el coronel se perpetúe el poder. Siria es un enigma. La represión de las protestas despierta una cada vez más unánime repulsa en la comunidad internacional pero es precisamente esa comunidad internacional la que rehúsa ayudar a una oposición occidentalizada pero desunida. Y aunque Damasco no cuente con muchos apoyos, tiene uno importantísimo: el Irán de Ahmadineyad. El régimen de los ayatolás no pertenece al mundo árabe –la etnia dominante y el idioma del país son el persa- pero es un actor fundamental en la región. Sus posturas abiertamente antioccidentales y la pretensión de enriquecer uranio hasta unos niveles sólo válidos para construir bombas atómicas , ha convertido el país en el enemigo recurrente de las administraciones de Bush hijo y Obama. Los temores de que los salafistas se adueñen de las revoluciones han sido constantes en Occidente y ningún autócrata en situación delicada –de Ben Alí a el-Asad, pasando por Gadafi- han dejado de azuzar esos miedos, intentando lograr así la connivencia de Occidente con sus regímenes. Irán, siguiendo, esa lógica no dudaría en financiar movimientos fundamentalistas que le permitiesen extender sus tentáculos por la región. Pero Ahmadineyad tiene sus propios problemas. Desde el supuesto fraude electoral en 2009 , el gobierno persa ha sufrido la oposición constante de una parte de la población civil. A principios de 2011 los indicadores económicos no ofrecían datos esperanzadores. De acuerdo a las –probablemente maquilladas – cifras oficiales, había en Irán un 15% de paro, que se eleva hasta el 29% entre los jóvenes; una inflación del 9% (30% según otras estimaciones) y una caída de más de 20 puntos en la producción de petróleo desde el 2000. Todo esto, unido, a las sanciones internacionales ha provocado un recorte de los subsidios para productos de primera necesidad. O lo que es lo mismo, cuando las revueltas árabes estallaron y los ya tradicionales descontentos con la situación política (identificables con sectores de la clase media ) salieron a manifestarse, la oposición a Ahmadineyad amenazaba con extenderse por las capas populares de la sociedad. Dentro del propio sistema, las relaciones entre los políticos moderados y los ultramontanos se han tensado más de lo habitual. La salida de Alí A. H. Rafsanjani de la Presidencia de la Asamblea para la Defensa de la Razón de Estado, este mismo año 2011, obedeció a las maniobras de cabildeo de los sectores próximos al presidente de la República Islámica . En contrapartida, Rafsanjani ha llamado recientemente a los funcionarios del régimen a rechazar el liderazgo de Ahmadineyad . Precisamente Hamás, organización islamista palestina -financiada por Irán- se enfrenta a divisiones internas. Los líderes de la formación en Gaza y Cisjordania –catalogada como terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea – disienten sobre la forma de actuar ante el relanzamiento del proceso de paz palestino-israelí por parte de Barack Obama. Este esfuerzo diplomático norteamericano fija las fronteras de 1967 como base para la negociación bilateral y se enmarca dentro del lavado de cara estadounidense en la zona. Este plan también ha enfrentado a la clase política israelí. El presidente Netanyahu y su partido, el derechista Likud, lo consideran “indefendible” pero la principal fuerza de la oposición, el centrista Kadima con su lideresa Tzipi Livni a la cabeza, han dado el visto bueno. Aunque el proceso de paz entre ambas partes ha fracasado más veces de las que se pueden recordar, el cambio de postura norteamericano -adoptado a raíz de las revoluciones árabes ha provocado- que la expectativa de una solución definitiva vuelva a existir en Palestina. El resto de naciones árabes parecen fuera de foco en este momento pero se debe recordar que la Primavera Árabe es un movimiento de fondo que ha sacudido los cimientos de estas sociedades provocando protestas súbitas en casi todos ellos; desde –por nombrar algunos poco mediáticos- Yibuti , al Sáhara Occidental, Omán, Irak o Sudán . Las autoridades argelinas, marroquíes y jordanas han salido, en esencia, indemnes de una ola de protestas que, en los tres casos, les afectó con virulencia. En opinión de Ramonet, el régimen comandado por Buteflika es el más inmune de todos pues no es una persona la que ostenta el poder en Argel sino que se trata de un “sistema blindado”, construido en torno al ejército. Por el contrario, el cambio en Marruecos “no es imposible” y dependería de que Mohamed VI decidiese apuntalar de esa manera su mandato real. Sin embargo, los gobiernos de Rabat y Amán han sido invitados oficialmente a unirse al “club” de monarquías conservadoras que integran el Consejo de Cooperación del Golfo . Esto, que podría llegar a tener sentido geográfico en el caso jordano pero nunca en el marroquí, parece una maniobra orquestada por Arabia Saudí para mantener en el poder a los regímenes autócratas –intenciones que ya se vieron implementadas taxativamente en el caso bareini- con el beneplácito de Washington. Después de perder a uno de sus grandes apoyos –Egipto, no parece factible que Estados Unidos se enfrente a su otro gran aliado en la región por la causa de la democratización del mundo árabe. La muerte de Bin Laden, el declive fundamentalista y el futuro del Islam político La muerte de Osama bin Laden es un inesperado elemento –otro más- a tener en cuenta en el desarrollo de los cambios políticos que están ocurriendo en el mundo árabe. A nadie se le escapa que la capacidad operativa de Bin Laden debía estar muy menguada en el momento en que unos comandos estadounidenses irrumpieron en su mansión de Abottabad (Pakistán) y acabaron con su vida. El autor de la matanza más audaz del siglo XXI sólo mantenía contacto con el mundo exterior por medio de un correo personal; precisamente el que fue rastreado por la inteligencia de los Estados Unidos. Según John Brennan, Jefe de Seguridad de la Casa Blanca, “no tenía relación con casi nadie que no estuviera en el recinto” pero “grabó vídeos y mensajes de audio”. De estas declaraciones se puede deducir que la principal labor de Osama bin Laden en sus últimos años fue la de propagandista. La estrategia seguida por Bin Laden ha sido inteligente y, a priori, no parece haber consignado al personalismo el futuro de su causa. Al Qaeda ha exportado su contrarrevolución wahhabista a otras regiones islámicas sin un historial de violencia religiosa extrema reciente. Los países del África subsahariana, Irak e Indonesia -el mayor país musulmán del mundo- han visto, entre otros, como células terroristas se asentaban en su seno y perpetraban algunos de los más mortíferos ataques contra objetivos civiles del siglo XXI. Osama bin Laden ha expandido su terror religioso como si de una empresa de comida rápida se tratase; ejerciendo de franquiciador de grupos más pequeños a los que donaba su nombre, su ideología y, en ocasiones, apoyo material y logístico . La cuestión del poder en Al Qaeda es más difícil de dilucidar. Seguramente, es sobre los hombros del egipcio Ayman al Zawahiri donde recae toda la organización de operaciones y la estrategia global a largo plazo. Pero la dimensión icónica de Osama es imposible de obviar. Quizás resulte difícil de entender desde Occidente pero la imagen de Bin Laden suscitaba pasiones entre un número de personas de fe islámica. Las impactantes imágenes de grupos de palestinos bailando y riendo después de que los aviones impactasen en el World Trade Center son una muestra de ese estado de ánimo. En realidad, tampoco hace tanto tiempo que jóvenes idealistas europeos agitaban el Libro Rojo de Mao en las calles de París. Los extremismos se ven favorecidos por los periodos convulsos. La muerte de Osama bin Laden seguramente tenga mucho de, digamos, “pérdida de la inocencia” para los sectores musulmanes más involucionistas. La película “Carlos” de Olivier Assayas (2011) muestra como funcionan las dinámicas del terrorismo y la fama. El venezolano Ílich Sánchez Ramírez fue uno de los primeros terroristas locales. Sus actos más perdurables fueron el homicidio de dos agentes de la DST y un confidente en París; el intento de asesinato del propietario de la cadena de tiendas Marks & Spencer y la toma como rehenes de varios delegados en una reunión de la OPEC que terminó como secuestro aéreo –y asesinato- fallido. A pesar de ello, Sánchez Ramírez, más conocido como Carlos, obtuvo fama internacional, copó la portada de publicaciones como el Paris Match y subastó sus servicios como mercenario al mejor postor. Con tales antecedentes, un currículum mucho más copioso y viviendo en una época infinitamente más mediática, ¿qué expectación e ilusión puede haber alcanzado Osama entre los segmentos más desilusionados y antiamericanos de las sociedades musulmanas? Como señala Enric González en un obituario , Bin Laden consiguió “una estatura mítica entre millones de musulmanes descontentos. Pero fue la reacción del Gobierno de Washington y de la propia sociedad estadounidense, que volcó sobre él todos sus miedos, la que hizo de Osama lo más parecido a un genio supremo del mal. Bastaba invocar su nombre y el de Al Qaeda para infundir terror. ¿Qué mejor paraguas para cualquier terrorista?” Muchos coinciden en calificar el mundo posterior a Bin Laden como “un lugar más seguro”. Esto, que es discutible a corto y muy corto plazo, debido a la amenaza de un resurgimiento terrorista inmediato, pero se antoja más válido a medio y largo plazo. Como muestra un informe del Pew Research Center al apoyo de los musulmanes al líder muyahidin bajó drásticamente desde las postrimerías de los atentados del 11 de septiembre hasta fechas recientes. En los Territorios Palestinos las opiniones favorables bajaron del 72% al 34%; en Jordania, del 56% al 13%; en Pakistán del 46% al 18% y en Líbano del 19% al 1%. Fernando Reinares cuenta además entre las causas para explicar el declive del prestigio de Al Qaeda que su número de miembros propios no llega al millar, que la mayoría de sus víctimas son musulmanes y las admoniciones lanzadas por variados miembros del mundo islámico. Con este escenario, la Al-Qaeda del futuro es una incógnita. Reinares cree que, a pesar de la creencia de que la atomización y dispersión internacional de grupos terroristas es una seña de identidad de la organización y “el verdadero legado de Osama bin Laden”, el poder de Al Qaeda emana de su fuerte jerarquización. Su vaticinio es que el nuevo emir será el estratega real del terrorismo global desde hace tres años, Ayman al Zawahiri. Apunta sin embargo el politólogo, que ese nuevo liderazgo ni alcanzará una dimensión simbólica semejante al de Bin Laden, ni concitará una adhesión tan cerrada. Tim McGirk opina que a pesar de la naturaleza más brillante del doctor egipcio, éste carece del magnetismo de Bin Laden y ya ha tenido problemas para que las grandes donaciones de potentados jeques del Golfo Pérsico siguiesen fluyendo en su dirección. Las dificultades financieras de Al Qaeda, aumentadas por el control internacional de sus activos en entidades bancarias, han llegado al punto tal que un lugarteniente de al Zawahiri afirmó que un guerrero que no pudiese costearse la comida, la bebida, las armas y el resto del material necesario no podría tomar parte en la Yihad. O a que se cobrase una tarifa de 1.200€ a los yihadistas provenientes de Europa para asistir a un campo de entrenamiento en Pakistán. Precisamente un estudioso de ese país, Ahmed Rashid, considera que la estrategia de terror ha variado hacia posiciones más posibilistas y que el nuevo principio de acción es “un hombre, una bomba” y que el franquiciamiento de la marca Al Qaeda asegura, al menos, su pervivencia durante algún tiempo. La Primavera Árabe añade dificultades a la supervivencia de Al Qaeda. Según McGirk, la organización ya no puede venderse como la única alternativa a los regímenes tiránicos en esa región. Rashid está de acuerdo en que, a pesar del vacío de poder actual, es muy difícil que Al Qaeda tenga un lugar preeminente en esas sociedades. El ex coordinador antiterrorista del Consejo Nacional de Seguridad de EE.UU., Richard A. Clarke, es más pesimista. Apunta a la falta de una ideología consistente y de una estructura determinada de las masas revolucionarias (y a la existencia de las mismas en Al Qaeda) como un enorme factor de gran calibre para el proceso de cambio político en el mundo árabe. El AKP turco, modelo de islamismo político moderado Un escenario posible –y positivo para la estabilidad regional- es uno en el que Al Qaeda se vea acorralada como una opción marginal. Su debilidad estructural, el apoyo decreciente y el corte moderado de muchos de los partidos islámicos en la zona permiten pensar en ello. Respecto a este último aspecto, la subida en Turquía al poder de los islamistas del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) ha creado un precedente interesante. En un país donde el ejército se arroga el papel de garante de la revolución laica de Atatürk y, para tal fin, no dudó en protagonizar cuatro Golpes de Estado (1960, 1971, 1980 y 1997), el AKP lleva gobernando desde 2002. A pesar de una clara advertencia del Ejército sobre el carácter secular de la nación antes de las elecciones de 2007 , la situación en Turquía es estable. Y por el momento, el Partido de la Justicia y el Desarrollo presenta unas credenciales esperanzadoras. Defiende la economía de mercado, el ingreso turco en la Unión Europea y se considera un partido liberal-conservador. En esta línea, en 2005, el AKP ingresó en el Partido Popular Europeo. No es difícil ver porque hay voces que comparan este partido con las formaciones de democracia cristiana europeas. Las muestras de moderación mostradas hasta el momento por los Hermanos Musulmanes invitan aún más al optimismo. Si el Islam político se organizase en torno a dos partidos respetuosos con las reglas de la democracia en dos de los principales actores geopolíticos de la región, el extremismo podría verse desterrado a la periferia de la política en la mayoría de los países de una zona tan volátil. Las repercusiones podrían provocar el aislamiento –interno o en política exterior- de Hamás dentro de un eventual Estado Palestino o de la corriente ultraconservadora encarnada por Ahmadineyad en Irán. Asimismo, es evidente que una Al Qaeda débil es muy deseable para que los países alcanzados por la ola de revoluciones en el mundo árabe desarrollen más fácilmente los principios democráticos, liberales, modernizadores y de mejoras económico-sociales que sus sociedades demandan. Las repercusiones más allá del mundo árabe El parentesco árabe puede ser discutible pero es un hecho que los desórdenes públicos se han extendido por los cinco continentes durante 2011. Un sinfín de países tan disímiles como Bolivia , Corea del Norte , Azerbaiyán , Fiyi , Angola y China ; entre muchos otros, han visto como sus poblaciones salían a la calle con demandas diversas. Especialmente significativos son estos dos últimos casos. En los países árabes las protestas las empezaron grupos jóvenes deseosos de vivir en democracia, hartos de la corrupción de sus gobernantes y de las pobres expectativas de vida . Y si algo no falta en el África subsahariana son sociedades demográficamente jóvenes, plutocracias de corte autoritario y economías al borde del colapso. Actos de protesta han tenido lugar en Costa de Marfil, Burkina Faso, Benin, Gabón, Uganda, Angola, Mozambique, Zimbabwe, Swazilandia y Camerún . A pesar de ello, características del África negra son muy peculiares : las identidades étnicas son mucho más fuertes que las nacionales lo que dificulta un levantamiento semejante al árabe. Otro factor contrario a su expansión es que por ahora los gobiernos, como el angoleño, que han reprimido violentamente los conatos de movilización popular , lo han hecho sin ninguna oposición internacional. Las réplicas china de este terremoto político ha despertado enormes recelos en las autoridades locales. Las primeras movilizaciones fueron rápidamente reprimidas . A continuación, los organizadores de esta “revolución del jazmín”, coordinada a través de redes chinas de microblogging, instaron a los manifestantes a pasear por determinados sitios públicos sin agitar banderas ni corear eslóganes como forma de protesta para minimizar el castigo policial contra estas acciones. En mayo de 2011, Hillary Clinton afirmó que el gobierno de Pekín estaba asustado por lo ocurrido en los países árabes y que estaban “intentando detener la Historia, lo cual es una pérdida de tiempo”; y, más decisivamente, dio a entender que, a medio o largo plazo, era el propio sistema chino lo que estaba condenado a la desaparición. Las revoluciones y el primer mundo La manifestación convocada en Madrid y otras ciudades españolas el 15 de mayo de 2011 contra una multiplicidad de asuntos -entre los que resultan especialmente destacables las carencias del sistema democrático, la corrupción, el paro rampante y el desmantelamiento del estado del bienestar- auspiciada por jóvenes, pero secundada por personas de sectores demográficos y sociales muy heterogéneos, fue el primer transplante del espíritu de la Plaza Tahrir en una democracia occidental avanzada. Aunque España se encuentre en un estadio de su evolución política, democrática y social más avanzado que los países árabes, las motivaciones últimas de los manifestantes eran las mismas: rabia, hartazgo, desesperanza y desamparo frente al status quo político y la crisis económica. Estas reivindicaciones encontraron cierto eco en otras capitales europeas como París y Atenas . Las demandas de los jóvenes europeos y las de los árabes no son evidentemente iguales. De acuerdo a la distinción hecha por Karel Vasak, los “indignados” occidentales se manifiestan para defender derechos humanos económicos, sociales y culturales o “de segunda generación” (trabajo, vivienda, estado del bienestar, etcétera). Algunas de las reformas exigidas en los países árabes se podrían inscribir en esta línea; pero allí están en juego también derechos “de primera generación”, más esenciales, como la libertad de expresión, de sufragio y el derecho a un juicio justo. Cualquier repercusión que la ola de cambio político alcance en Europa está fuera de las expectativas creadas tras los acontecimientos de Túnez y Egipto. Aunque la evolución de la política en el mundo desarrollado y las influencias culturales son distintas, la Primavera Árabe ha inspirado, como mínimo en la forma, las protestas españolas. Era directamente impensable que unos movimientos para derrocar a los autócratas en el Magreb y el Medio Oeste pudiesen lograr repercusión alguna en el Primer Mundo. Como bien señala Ramón Lobo , el mayor peligro para los “indignados” es la molicie ante las protestas. Si el movimiento no consigue, como mínimo, proyección a medio plazo en algún país europeo podrá interpretarse como una pataleta juvenil. Pero si las movilizaciones produjesen alguna de las modificaciones estructurales del sistema que demandan; el proceso de cambio político iniciado por un tendero tunecino podría contarse entre las más grandes transformaciones políticas de los últimos siglos; quizás la mayor desde la descolonización o, como mínimo, desde la caída del Muro de Berlín. F. Hallazgos y conclusiones A pesar de su no ser el modelo comunicativo de moda, en mi opinión, las televisiones por satélite –especialmente Al Jazeera- han sido más importantes que las redes sociales para la existencia de la Primavera Árabe. Han estado informado sin cortapisas durante 15 años, subvirtiendo el modelo de opacidad informativa anterior y abriendo los ojos a las poblaciones locales sobre lo que pasaba más allá de sus fronteras. Y lo más importante es que –como explican Foukara y Worth&Kirkpatrick- han sabido acceder al imaginario colectivo árabe y dar forma a “una narrativa de rabia” contra las autocracias. Las televisiones han logrado lo más difícil; un profundo cambio de mentalidad hacia posturas más modernas. Lo han hecho en el mundo árabe lo cual es especialmente significativo por dos razones: el fuerte sentimiento interno de comunidad nacional, lo que ha dado alas a las protestas en un enorme número de países y la proverbial desconfianza que el binomio Islam-democracia despertaba en un significativo número de sectores occidentales. La cadena catarí puede tener déficits y contradicciones, pero el hecho de recibir críticas de todos los colores dice más de la extraordinaria tensión y del radicalismo de numerosos actores de la zona que de las prácticas periodísticas de Al Jazeera. Los estándares de calidad que se le exigen tienen mucho más que ver con los de la BBC que con el modelo dominante en la región hasta hace diez años. Al Jazeera ha normalizado la percepción de los árabes al respecto al mundo exterior. Al no repetir viejos patrones de negación –como esos israelíes a los que las antiguas emisoras árabes negaban la voz-, los jóvenes han podido conocer otras opciones vitales y desarrollar algo parecido a una agenda política. Querían más democracia, menos corrupción, y mejores perspectivas económicas y tenían su propio método –las manifestaciones pacíficas- para conseguirlo. Ello no desmerece la aportación de las redes sociales. Frente al modelo televisivo, que finalmente tenderá a la decadencia; las redes sociales –Intenet en general- representan el modelo del futuro. Opino que el mayor problema para valorar justamente los méritos de los medios sociales es ese discurso pomposo al que se prestan algunos informadores tecnófilos que hablan de cosas como la Revolución Twitter. Aunque el no parece afectar al fondo filosófico de las protestas, sí que ha supuesto un giro copernicano en el plano organizativo y comunicativo de las protestas; aspectos sin los que ninguna revolución puede sobrevivir. Facebook, Twitter y algunos blogs –complementados secundariamente por otros canales- han sido un útil punto de encuentro en el que los manifestantes han compartido información en tiempo real, agrupado sus demandas, esquivado la censura y organizado sus acciones. Igualmente, las redes sociales no han sido ajenas al poder simbólico. Al cortar las telecomunicaciones, Mubarak traspasó una línea roja. Dejó de ser un líder viable en la medida de que sólo podía controlar la situación, evitándola; negando los tiempos que corrían y el desencanto de su pueblo. El dominio que los jóvenes árabes tienen de la tecnología sí que entronca con otra de las razones fundamentales que explican la ola revolucionaria. Estas generaciones –como reconoce Emmanuel Todd- las más preparadas de la historia, tienen unos habilidades propias, un know how personal, unos conocimientos diferentes a los de sus mayores. La televisión e Internet les han convertido en personas de la aldea global, mucho mejor adaptadas a los retos de ese mundo que las generaciones pretéritas. El lógico que esa juventud pida, incluso exija, paso; máxime en unas sociedades demográficamente tan jóvenes. Así pues, las revoluciones obedecerían a una lógica de rejuvenecimiento de las estructuras político-sociales. Los liderazgos de autócratas octogenarios -Hosni Mubarak en Egipto; Abdalá bin Abdelaziz en Arabia Saudí- y de otros de la generación que frisa la setentena -Ben Alí, Bouteflika, Gadafi, Saleh, al-Bashir- suponen (o suponían) una situación insostenible, una desconexión radical con los anhelos de estas capas sociales. Joseph Nye ya habló en su día de Al Jazeera como de una fuente de poder blando para los países del mundo árabe. China y Rusia han tardado en tomar buena nota pero están preparando actualmente el lanzamiento de dos canales semejantes a Al Jazeera . Los Estados Unidos parecen ir por delante. La Primavera Árabe ha demostrado la vigencia de las teorías de política exterior que incluyen variables culturales y sociales ¿Cómo preveer que los jóvenes árabes querrían la democracia y utilizaran plataformas online occidentales para organizarse? Resulta llamativo que Barack Obama se reuniese con empresarios del ramo informático tan conocidos como Mark Zuckerberg (Facebook), Steve Jobs (Apple), Eric Schmidt (Google), Dick Costolo (Twitter) y John Doerr (Yahoo) menos de una semana después de que el régimen de Mubarak se derrumbase . Mi impresión es que Estados Unidos disfrutarán a partir ahora de una posición predominante en el mundo árabe gracias en buena medida a su capacidad para exportar soft power. La debilidad de los otros posibles actores regionales supone otra ventaja para los americanos. El islamismo radical pasa por su peor momento en años; Irán está sumido en la inestabilidad; las organizaciones regionales –Liga Árabe, Consejo para la Cooperación del Golfo- carecen de cualquier credibilidad después de su actuación durante las protestas; lo mismo que, a un nivel más global, la Unión Europea; y muchos gobiernos, antaño poderosos, –Libia, Siria, Argelia, Jordania- mucho tienen con confiar en que los procesos revolucionarios se detengan sin que les pillen de por medio. Aunque siempre despertará reticencias entre algunos sectores y, como dice Khalidi, los EE.UU. no van a tener carta blanca; sí parece que las nuevas generaciones estarán más desprejuiciadas con respecto a los americanos y hay un buen número de factores que pueden llevar la influencia americana a las mayores cotas allí conocidas. El primero es la creciente receptividad de la juventud árabe hacia las tecnologías y los modos de vida occidentales; hacia, en definitiva, el poder blando americano. Su programa para establecer una nueva relación con los países árabes gana credibilidad en la boca de un presidente con una carga simbólica tan grande como Obama. Esa tendencia aumentará a medida que estos apoyen un proceso de apertura democrática que alcance al mayor número de países. Y si además, una mediación estadounidense mejorase –inopinadamente- la situación entre israelíes y palestinos, podríamos asistir a la apertura de un nuevo período en el campo de las relaciones internacionales. G. Anexos Anexo I Este mapa muestra los países afectados por las protestas y el grado de enfrentamiento al gobierno alcanzado Fuente: Wikipedia Anexo II Estudio del grado de confianza que despierta Bin Laden en varias naciones musulmanes Fuente: Pew Research Center Anexo III Este gráfico muestra el la caída de las telecomunicaciones ordenada por Mubarak con la pretensión de cortar las protestas. Simbólicamente, fue el último clavo del ataúd. Fuente: Arbor Networks Anexo IV The Shoe-thrower’s Index A partir de una serie de indicadores, la revista The Economist realizó en febrero de 2011 un estudio –a la postre, bastante certero- sobre la probabilidad de levantamiento popular en cada uno de los países árabes Anexo V Aunque Irán no es un país árabe, el cómic Persépolis (Marjane Satrapi) ilustra de manera sencilla la evolución histórica del poder en la región. Bibliografía Libros ÁLVAREZ-OSSORIO, Ignacio. Siria contemporánea. 1ª edición. Madrid: Editorial Síntesis, 2009 HOBSBAWN, Eric. La era del capital 1848-1875. 2ª edición. Barcelona: Crítica, 2007 MILES, Hugh. Al-Jazeera: How Arab TV News Challenged the World. Londres: Abacus, 2005 NYE, Joseph S. La paradoja del poder norteamericano. 1ª edición. Taurus, 2004 ROGAN, Eugene. Los árabes. 2ª edición. Barcelona: Crítica, 2010 SAID, Edward. Orientalism. 1ª edición. Nueva York: Random House, 1979 Revistas CHAMPEAU, Guillaume. 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Un comentario en “El nuevo mundo árabe: El papel de las redes sociales y de las televisiones por satélite árabes en la ola de cambios políticos en la región”

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